El viernes 25 de septiembre, más o menos a las 2 de la madrugada, falleció mi papá.
Un día su doctora nos llamó a mi hermano y a mí a que lo acompañáramos a su consulta médica, donde nos dijo a los tres que mi papá tenía leucemia y que aunque podía tratarse, por la edad y condición de mi papá, básicamente era imposible que se curara, que sólo íbamos a extender su vida un tiempo.
La doctora tenía la expectativa de que mi papá durara unos meses más; terminó combatiendo al cáncer durante casi un año.
Durante ese año mi hermano y yo nos alternamos haciéndonos cargo de mi papá; organizándole quien lo ayudara cuando nostros no pudiéramos; llevándolo a sus sesiones de quimioterapia; acompañándolo en las noches del hospital; donando sangre; y un largo etcétera.
Dentro de lo admisiblemente jodido de la situación, yo agradezco mucho este año que pasé con mi papá, porque nos sirvió para irnos despedidiendo de él y poder platicar de las cosas que no se nos había ocurrido tocar antes de que le dieran su diagnóstico.
Yo trataba de quedarme al menos una noche a la semana en cada una de sus rondas de quimioterapia, y en esas noches mi papá y yo platicamos de un montón de cosas, aunque sin duda alguna la política y noticias de ídem dominaron muchas de esas pláticas. Pero también platicamos de su vida, de su obra y de un montón de cosas más que yo no sabía de mi viejo.
Me quedaba en la noche con mi papá no nada más porque era necesario que alguien se quedara; mi trabajo en la universidad me hacía difícil que lo viera entre semana, entonces cuando se quedaba en el hospital trataba de acompañarlo aunque fuera una vez a la semana. Alguna vez traté de hacerlo dos días en la misma semana, pero era muy complicado: era bastante pesado, dado que es básicamente imposible dormir cuando uno está acompañando a un familiar en el hospital. Una noche en el hospital normalmente se traducía en estar como zombi al otro día.
A mi papá le dieron su diagnóstico en el Hospital General en la Delegación Regional Sur de la CDMX, coloquialmente conocido como “el ISSSTE de Tláhuac”, por razones básicamente fortuitas: mi papá tenía originalmente como clínica al ISSSTE Clínica de Medicina Familiar Narvarte, coloquialmente conocido como “el ISSSTE de Narvarte”, pero durante la pandemia dicha clínica se convirtió en hospital COVID, entonces a mi papá (que nunca tuvo COVID) lo mandaron al ISSSTE de Tláhuac a que fuera a sus citas médicas regulares.
Esto fue algo bastante bueno; ahí están los especialistas de cosas de la sangre y además es uno de los hospitales más modernos y cómodos del ISSSTE. Además, los días que me quedaba yo con él regresaba de trabajar en la universidad, dejaba mi carro en mi departamento, y caminaba más o menos medio kilómetro al metro Eje Central, donde me iba directo a la estación Tezonco y ahí tomaba un Uber al ISSSTE de Tláhuac, que siempre me costó alrededor de 60 pesotes.
Me encanta mi Ciudad; la disfruto enormemente manejando en mi carro, pero la volví a disfrutar también tomando de nuevo el metro, como cuando era estudiante. Me tocaba el peor horario, porque me desplazaba del poniente (más bien centro) al oriente en la noche; y me regresaba en la dirección contraria en la mañana. Después de un rato dejé de intentar irme al metro luego luego de que salía del hospital en las mañanas, porque era casi imposible entrar a los vagones; mejor me cruzaba en frente del hospital y desayunaba en uno de los múltiples lugares que hay ahí para comer barato, me echaba unos chilaquiles o algo por el estilo, y para cuando terminaba y me iba para el metro generalmente ya era posible subirse al vagón.
Hacía mucho que no hacía eso, andar en metro; pero me dio mucho gusto volver a convivir con mi gente, la banda chilanga, verlos en general sin meterse los unos con los otros, leyendo, jugando en el celular, echando desmadre en bolas de cuates. Por fin configuré mi celular para tener la tarjeta virtual de Movilidad Integral, y entraba al metro nada más pasando mi celular vía NFC en los torniquetes. La modernidad es increíble, cuando funciona.
Por si no lo sabían, queridos lectores, yo nací en otro hospital del ISSSTE, el Hospital Regional “Lic. Adolfo López Mateos”, coloquialmente conocido simplemente como “el López Mateos”. Y cuando era niño (y estúpido, pero me repito), tendía a descalabrarme la cabeza cada quince días, más o menos; y era justo al López Mateos que me llevaban de urgencias.
Esto no sólo era porque mis papás no podían pagar un hospital privado; era porque el ISSSTE era muy bueno. No perfecto, pero sin duda alguna bueno; y la mayor queja era la que suelen tener todos los servicios de salud públicos del mundo: hay que hacer cola y a veces se tardan mucho en atenderlo a uno.
Conforme fui creciendo el ISSSTE, así como todo el sistema de salud pública de México, fue empeorando más y más; resultado de la política de estado de los gobiernos neoliberales, primero del PRI, que abandonó los pocos principios que tenía (era autoritario y represor; pero al inicio al menos proporcionaba salud y educación gratuitos relativamente decentes) cuando llegaron los estúpidos proponentes del estúpido modelo de “libre mercado”, comenzando con Miguel de la Madrid Hurtado en 1982. Esto continúo, de peor manera todavía, con los gobiernos panistas.
Para finales de los noventas mi mamá había ganado su plaza de profesora investigadora en la UAM Iztapalapa; y con ello además un seguro médico que nos permitió ir a hospitales privados. Por suerte yo ya no era tan idiota como para andarme descalabrando cada quince días, y siempre he sido muy sano, entonces casi nunca fui (creo que fui dos veces). Sin embargo mi papá sí llegó a utilizar ese servicio.
Supongo que sabrán, queridos lectores, que yo soy un verdadero creyente en la cuarta Transformación; lo soy desde antes de que ganara el Peje en 2018, pero mi convicción de que este modelo funciona se reforzó muchísimo más con el proceso que mi papá vivió para tratarse su leucemia.
Con la llegada de la transformación, el gobierno federal, por primera vez en décadas, volvió a hacerse cargo del papel del estado en la salud de su población; más aún por la pandemia, pero era un objetivo que el Peje tenía desde antes de ganar y que Claudia además ha continuado.
Mi papá, jubilado de la UNAM y por lo tanto derechohabiente del ISSSTE, tuvo un trato de primer mundo con sus rondas de quimioterapia. No pagamos ni un solo centavo, por supuesto; pero además el servicio, equipo y trato que tuvo nunca tuvimos razón para quejarnos. Todo lo contrario.
Si mi papá se quejaba de que le dolía el pecho en el hospital, le llevaban la cámara de rayos X y le tomaban radiografías ahí mismo. Le hacían todos los estudios que los médicos consideraban necesarios, que a veces parecían que eran, pues, todos los posibles: de hecho llegó el punto en que nos preocupábamos más de cuánto picoteaban a mi pobre papá. En febrero de este año determinaron que mi papá necesitaba un marcapaso, y aunque sí se discutió si valía o no la pena hacerle la operación (era muy posible que se quedara en la mesa del quirófano), al final sí se lo pusieron.
Yo nada más de chismoso me puse a ver cuánto costaba en Estados Unidos que le pongan a uno un marcapasos, y según Google va de 20,000 a casi 100,000 dólares, incluyendo el aparato, la intervención y el proceso post operatorio. Nosotros no pagamos ni un quinto partido por la mitad.
Cuando comenzó su tratamiento mi papá, una de las cosas que luego luego le detectaron es que estaba oxigenando muy bajo; las enfermeras que contratamos para que nos apoyaran nos dijeron que tal vez no sería mala idea rentar, o incluso comprar, un concentrador. No hubo necesidad; el ISSSTE nos proporcionó un tanque portátil y un concentrador más grande para que pudiera tener oxígeno en su casa. El tanque lo “recargaban”; cada que estaba muy bajo pasaba un camioncito, se llevaba el tanque de ese momento y nos dejaban uno distinto ya cargado.
El que no pagáramos nada justamente hizo posible que contratáramos enfermeras para mi papá; también compramos un baumanómetro para poder medirle su presión sanguínea, y un oxímetro para medirle la saturación de oxígeno. Ambos nos costaron menos de 1,000 pesos.
La doctora de mi papá, para comodidad de él, nos dijo que podíamos hacerle sus biometrías hemáticas en un laboratorio privado, si queríamos evitarnos el traslado al ISSSTE de Tláhuac. Costaban menos de 300 pesos cada una, que hacíamos más o menos una vez al mes en un laboratorio del Chopo que estaba cerca del departamento de mi papá.
Como cuando era niño, el servicio del ISSSTE fue muy bueno, excelente incluso; pero no perfecto. Como yo sí tengo carro, generalmente a mí me tocaba llevar y regresar a mi papá del ISSSTE de Tláhuac; si hubieran podido llevarlo y traerlo en ambulancia hubiera estado increíble, por no mencionar que mi papá vivía en un cuarto piso y conforme cada vez se fue debilitando más el bajar y subir sus escaleras se convirtió en todo un calvario; dos fornidos enfermeros que nos ayudaran se hubieran agradecido mucho. Pero me imagino que eso es tal vez pedir demasiado, tomando en cuenta que debería ser un servicio disponible para todos los posibles pacientes.
Pero que no hubiera sillas de ruedas para dejar a mi papá y su enfermera a la entrada del hospital, y que lo rodaran a la sala de espera mientras le daban cama, es algo que yo no entiendo cómo puede pasar: cómo es posible que no tengan decenas o cientos de sillas de ruedas plegadas en algún almacen, para que siempre haya disponibles cuando un paciente con problemas de movilidad llega y se va. No es como que se echen a perder.
Y otras quejas pequeñas; los guardias a veces se ponían medio payasos (le contrabandeábamos el periódico a mi papá, porque lo siguió leyendo todos los días hasta que ya no pudo hacerlo); y la comida del hospital me imagino era saludable y nutritiva, pero también increíblemente sosa y desabrida.
Mi papá nunca se quejó de cómo lo trataron.
Por julio mi papá tuvo su primera y última ronda de quimioterapia ambulatoria, donde yo durante toda una semana fui por él y lo regresé a su casa el mismo día. Nosotros considerábamos esto una gran ventaja a que se quedara en el hospital, porque mi papá cada vez se ponía peor cuando tenía que quedarse muchos días internado. Sin embargo, sí era muy pesado para él, especialmente por esas escaleras que tenía que bajar y subir.
Mi papá contrajo una infección urinaria al final de esa ronda y tuvieron que internarlo de emergencia; se quedó casi dos semanas en el hospital, y fue en esa estadía que su doctora nos dijo que la quimio le estaba haciendo más mal que bien, como nos había advertido al inicio que pasaría, y nos recomendó que la suspendiéramos. Lo platicamos con mi papá, y como en general siempre hicimos lo que nos recomendaban los doctores, aceptamos su recomendación. También especificamos, con mi papá estando de acuerdo, que no se le reviviera si se le detenía el corazón o que se le entubara si dejaba de respirar, porque probablemente hubiera significado que le rompieran una costilla o que permaneciera entubado hasta el fin de sus días, sin mucho que ganar por ello.
Y pues nos sentamos a esperar que mi papá muriera, tratando de mantenerlo lo más cómodo y tranquilo posible. Mi hermano y yo tratamos de verlo lo más posible; lo fueron a visitar sus hermanos y otros amigos y familiares; mi mamá fue a verlo un par de veces. Mi papá nunca se quejó de ningún dolor; nunca dijo sentirse con náusea. Vamos, nunca se le cayó el cabello ni se le descompuso el estómago, que la doctora había advertido podría ocurrir.
Sólo se fue poniendo cada vez más y más débil; dejó de leer el periódico (pero nunca dejó de escuchar música); cada vez se le hizo más difícil hablar. Poco antes del 15 de septiembre, sus enfermeras nos dijeron que ya estaba muy baja su oxigenación y que probablemente el seguirle dando oxígeno era más tortura que otra cosa, así que le quitamos las puntas y dejamos de darle oxígeno externo.
Su enfermera principal nos dijo que probablemente sería cosa de horas o días para que se nos fuera; así que de nuevo ahí fuimos todos sus familiares, amigos y mi madre a visitarlo… y el viejito se negó a morir en ese semana. Todavía logró platicar con todos los que fueron a verlo.
Mi papá era un toro en su juventud; era capaz de darle la vuelta a una cancha de basquetbol caminando con las manos; podía levantar con una mano a mi mamá (que en esas épocas era muy delgadita); y de la cárcel había aprendido el truco de hacer pesas usando cubetas, llenándolas de cemento y poniendo un tubo de metal entre ambas, y podía levantar una barbarida de kilos. De alguna manera, por más disminuido que estuviera, mi papá siguió mostrando una enorme fortaleza hasta casi el mero final; y un deseo de seguir viviendo indiscutible.
Por el lunes o martes de la semana pasada mi papá casi dejó de comer por completo, y poco después dejó de tomar agua. El viernes a eso de las 2am falleció; sin nunca quejarse de dolor. He oído historias de terror de gente con un dolor indescriptible cuando tiene cáncer; mi papá no pasó por eso.
Pero además, me parece que murió muy tranquilo, muy satisfecho. Sin rencores, sin mayores arrepentimientos, sin sentir que debía o que le debían nada. A lo más me parece que sentía una ligera frustración de no haber llegado a ver el imperio de los gringos desmoronándose por completo; pero como yo mismo no estoy seguro de me toque llegarlo a ver, me parece no es tan grave. Y nada más oír todas las pendejadas que hacía Trump lo divertía bastante.
Mi papá nació en un pequeño pueblo de la costa chica de Guerrero, cercano a Oaxaca, llamado Huajintepec, que pueden imaginar, queridos lectores, como una versión mexicana de Macondo. Su padre murió a unos días de que mi papá hubiera nacido, asesinado; y su madre murió cuando él tenía 13 años, de cáncer. Mi papá se metió a la Escuela Normal cuando terminó la secundaria, porque era básicamente la única opción que alguien como él tenía, y no muy sorprendentemente se radicalizó, porque el PRI estaba justo por entrar a su peor época.
En 1967 mi papá fue arrestado, torturado y encarcelado por el crimen de pensar en que había que hacer una revolución, pasando cinco años en El Palacio Negro de Lecumberri como preso político. Ahí conoció a mi mamá, radicalizada por otra ruta y que iba a Lecumberri a platicar con los veteranos de la movilización de izquierda para ver cómo hacer la revolución. Mi papá más tardó en salir de la cárcel que en casarse con mi mamá.
En 1977 (casualmente el año en que yo nací), el gobierno priista, consciente de que era insostenible la política de represión y guerra sucia que había contra la izquierda nacional, hizo la reforma política-electoral de México de 1977, donde se legitimizó a los partidos de izquierda.
Mi papá ese año viajó a la Unión Soviética, literalmente a ser indoctrinado y estudiar cómo podía la izquierda socialista-comunista tratar se hacerse del poder en México. En lugar de eso, mi papá regresó convencido de que el régimen soviético era insostenible y que iba a caer más temprano que tarde. La invasión soviética a Afganistan en 1979 sólo lo hizo convencerse más de ello.
No fue una revelación genial que mi padre tuviera; en el hospital me contó que todos los que fueron a la Unión Soviética con él llegaron a la misma conclusión; que se confirmó en 1991 cuando se desplomó el Bloque del Este.
Mientras tanto aquí en México, en 1982, Arnoldo Martínez Verdugo fue el primer candidato presidencial legal de la izquierda mexicana, donde perdió en el tercer lugar. Mi papá y mi mamá nos llevaron a mi hermano y a mí al cierre de campaña de ese año en el Zócalo; es de las primeras memorias que tengo.
Cuando en 1987 Cuauhtémoc Cárdenas fundó el Frente Democrático Nacional, fue mi papá el que convenció a mi mamá que debía apoyársele; mi mamá, que había perdido compañeros en las matanzas estudiantiles de 1968 y 1971, le parecía una locura que ahora fueran a apoyar a un priista, cuando se les habían enfrentado toda la vida, pero mi papá sabía que era realmente la única vía con posibilidades de triunfo, especialmente con el bloque socialista de Europa del Este a punto de desmoronarse.
Cárdenas por supuesto “perdió” (gracias a un fraude descarado donde “se cayó el sistema”), quedando en segundo lugar.
Mi padre siempre apoyó al proyecto de izquierda que tuviera más oportunidades de ganar, siempre que mantuvieran sus principios, como justo no hicieron los chuchos con el cadáver podrido del PRD cuando firmaron el Pacto por México de Peña Nieto, hecho que resultó, eventualmente, en que el PRD perdiera su registro hace dos años.
Mi padre era comunista; me contó en el hospital que él sí seguía creyendo que el comunismo era la estrategia correcta, aunque en este momento nadie (o al menos nadie serio) esté realmente abogando por una alternativa comunista. Pero mi papá siempre fue muy racional y lógico, por no decir consecuente; si el comunismo no era posible, entonces algo como lo que ofrece la Transformación es aceptable, al menos por el momento.
Porque el punto no era “ganar” o “tener la razón”; el punto nunca fue que se buscara el poder para detentar el poder. El punto era que hubiera un gobierno que al menos intentara cuidar a su gente, que esa pobreza extrema que existía en lugares como su pueblo se combatiera. Sí, decía él, el comunismo sería mejor opción; pero si no se puede entonces lo que sea, pero que se apoye a los más necesitados.
O en otras palabras, por el bien de todos, primero los pobres.
Mi padre publicó cerca de veinte libros y tiene varios sin publicar, algunos terminados y otros en distintos grados de avance. Sus publicaciones y citas son ligeramente abrumadoras; lo citan en alemán, en árabe, en coreano. Si alguien quiere estudiar el movimiento obrero en México en la segunda mitad del siglo XX, está obligado a leer y citar a mi papá.
Cuando trabajé en el INE, al final de una reunión, un integrante del Comité Técnico un día se me acercó y me preguntó si yo era algo de Gerardo Peláez; mi padre, le dije. Me comentó que él lo había citado en su tesis de posgrado.
Él y un chingo de gente más; mi papá contribuyó enormemente al estudio del movimiento obrero en México, y a muchas otras cosas más.
Ese viernes que murió, en la madrugada, llamé al Velatorio del ISSSTE en Tlalpan, donde me orientaron para poder velar y cremar a mi papá. En un par de horas me habían generado el certificado de defunción, una hora después ya habíamos organizado su velorio en el velatorio; un par de horas después ya estaba la carroza afuera del edificio de departamentos de mi papá para trasladarlo al velatorio.
(Paréntesis: los dos fuertes, si bien no muy jóvenes, trabajadores del ISSSTE que bajaron el cuerpo de mi papá de ese cuarto piso donde vivía, lo hicieron haciendo exactamente las mismas maniobras que he visto hacer a las gentes de mudanzas cuando bajan un sofá; y yo no podía dejar de pensar que si mi papá los hubiera visto, se hubiera muerto de la risa.)
Para el medio día del viernes el cuerpo de mi papá ya estaba embalsamado y en la sala del Velatorio del ISSSTE de Tlalpan; nosotros habíamos citado a todo el mundo que se nos ocurrió citar a las tres de la tarde, entonces yo fui a mi casa a bañarme y cambiarme de ropa, porque no iba a despedirme de los restos mortales de mi padre en pants y tenis.
No sé cómo explicarles, queridos lectores, lo divertido que fue el velorio de mi padre; cuando mi hermano y yo estábamos llenando las formas en el Velatorio del ISSSTE de Tlalpan, nos preguntaron que cuánta gente iría: nosotros dijimos que a lo mejor 40 personas, pero nunca todas juntas al mismo tiempo.
Terminaron yendo cerca de 80 personas; en algún momento estaban llenos todos los sofás que tenía la sala y había un montón de gente de pie y algunos más afuera. Fueron los hermanos, familiares y amigos cercanos de mi papá; fueron los cuates de mi hermano; fueron mis cuates y varios colegas (y alumnos, para mi sorpresa) de la Facultad de Ciencias; fueron compañeros de lucha de toda la vida de la izquierda nacional. Fue por supuesto mi madre, porque mis papás se divorciaron, pero nunca dejamos de ser una familia.
Una de mis ayudantes muy linda me llevó una caja de pañuelos, por si mucha gente estaba llorando. Casi nadie, queridos lectores, estaba llorando, y si lo hacían lo dejaban de hacer casi de inmediato. Era una celebración de la vida de mi padre, que sin lugar a dudas tuvo una influencia muy importante en muchas más personas de las que yo jamás hubiera podido imaginar.
Resulta que, al parecer, mi papá conoció a Genaro Vázquez. No tenía yo idea de eso.
En algún momento esos viejos comunistas se pusieron a cantar canciones también comunistas, y yo no podía dejar de pensar que cómo se hubiera divertido mi papá en su velorio.
Mi mamá lo expresó de manera casi perfecta; me dijo: “cómo me hizo falta tu papá, para poder platicar con él de su velorio”.
Yo soy un hombre extremadamente egoísta, queridos lectores; si por mí hubiera sido, me hubiera gustado tener a mi papá toda mi vida. Pero lo tuve durante casi cincuenta años; y además lo tuve bien; mi padre y yo teníamos una muy buena relación, platicábamos de política, de historia, de películas y series de televisión.
Mi papá me quería y yo lo quería a él, que es lo normal (espero) generalmente entre padres e hijos; pero además mi papá me respetaba como persona, como profesor, como intelectual y como activista político. Mi papá y yo somos los únicos de mi familia nuclear que publicamos libros como autores únicos; somos los únicos que estuvimos en la cárcel como prisioneros políticos.
Y yo por supuesto lo respetaba enormemente; de pocas cosas estoy tan orgulloso en mi vida, como de haber sido hijo de Gerardo Peláez Ramos, miembro del Partido Comunista Mexicano, historiador de la lucha obrera mexicana en el siglo XX, activista de izquierda de toda la vida, y padre de dos hijos que, a riesgo de sonar poco modesto, no están tan güeyes ellos mismos.
Este país es lo que es, no en menor medida, por gente como mi padre, que nunca dejó de luchar, que siempre estuvo dispuesta a arriesgar la libertad y la vida peleando, no por ellos mismos, sino por todos, en particular los más necesitados. Por lo que consideraban bueno y justo.
Quiero muchísimo a mi padre y lo voy a extrañar horrores; pero de verdad no lo pudimos haber despedido mejor si lo hubiéramos planeado. Y tuvo una vida fascinante e increíblemente llena; llena de amigos y de música; llena de compañeros y de lecturas; llena de amor y de discusiones políticas.
Si a mí al final de mi vida me despiden con un velorio que sea al menos la cuarta parte de divertido como fue el de mi papá, me voy a dar por bien servido.
Adiós papá. Hasta siempre, compañero Peláez.