El quinquenio

Los últimos días que la UNAM permanece abierta antes de vacaciones suelen ser medio caóticos, en particular por los pagos. Se paga la última quincena, la que cae dentro del periodo vacacional y además la prima vacacional. Se suelen pegar cartelitos en la Facultad donde explican qué días se van a pagar qué cosas y de qué manera, y como nunca los leo siempre termino haciéndolo mal.

Como sea, esta última vez fui a cobrar y en mi segundo cheque (el que cae dentro del periodo vacacional) vi que mi antigüedad había aumentado de 9 a 10 años.

En unas semanas cumpliré 19 años de que empecé a dar clases en la UNAM como ayudante de laboratorio; después me volví ayudante de clase y años después profesor de asignatura, para que hace un par de años me convirtiera en profesor de tiempo completo. Mi antigüedad efectiva es de 10 años porque no di clases de manera ininterrumpida; varios semestres (18 de los 38 que han transcurrido, al parecer) no di ninguna clase.

Por supuesto es padre descubrir que tengo 10 años de antigüedad; además eventualmente me darán una medalla, creo (en la UAM dan relojes). Si sí me la dan, no es nada especial; se la dan a todo el mundo que cumple diez años. Pero además de que me sube el sueldo un poco (cada año, de hecho), cada cinco años (a partir de los diez) se da el quinquenio, que es una lana extra nada más por celebrar el acontecimiento.

Tampoco es nada del otro mundo, pero cae muy bien, obviamente.

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La pausa de febrero

No escribí ninguna entrada en febrero. Técnicamente tampoco en la mitad de enero. Es de las pausas más largas que he tenido en mi blog. Las razones son varias.

La primera y que siempre estoy chillando al respecto, es que tengo mucha chamba. Sé que suena a un pretexto barato, pero es sencillamente cierto. Nada más he podido ir al cine dos veces desde mediados de enero, y aún no escribo de esas películas en el blog (hoy iré a ver Logan).

La segunda es que, en medio de mi apretada agenda, están pasando cosas en mi vida de las cuales no se me pega la gana escribir todavía al respecto.

Y la tercera y última es que al fin y al cabo mi blog ha sido una válvula de escape para mi necesidad y gusto por escribir. Y desde finales del año pasado estoy hundido hasta el cuello en un proyecto que consiste justamente en escribir un montón, así que no es como que tuviera mucha necesidad de escribir cuando ya lo hago diario y todos los días; y menos aún con toda la chamba que tengo encima que me quita todo mi tiempo.

Comentaré más adelante acerca de este proyecto; es grande e importante, y espero sea una parte significativa de mi vida profesional. Pero todavía no estoy listo para hablar de él en detalle. Sin embargo ha llegado a un punto donde ya pasé por la parte más difícil, así que espero poder retomar el escribir en mi blog, aunque probablemente el ritmo de entradas será lento.

Comenzaré escribiendo del puñado de películas que he visto y no he reseñado en el blog. Después ya veré.

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El congreso de la SOMEE

Me encuentro desde ayer, de nuevo, en Guanajuato en un congreso. Eso no tiene nada de novedoso; por alguna razón (probablemente el CIMAT tenga algo que ver) ocurren un montón de eventos académicos en Guanajuato, y a mí me ha tocado venir a varios. Ayer estaba haciendo cuentas, y he venido unas ocho veces en los últimos diez años; de hecho vine en noviembre del año pasado y en marzo de éste.

Lo novedoso del asunto es que el congreso donde estoy no tiene casi nada que ver con computación o combinatoria; es el XXVII Congreso Nacional de Estudios Electorales, organizado por la SOMEE, la Sociedad Mexicana de Estudios Electorales. Vengo a presentar el trabajo téncnico que hice con David en el INE, esperando explicarlo a la gente que estudia elecciones.

Normalmente no hubiera venido, aunque sí tenga que ver lo que hago con el congreso (la temática del congreso es “El nuevo mapa electoral mexicano”), pero hay una razón personal que sí me convenció de hacer todos los trámites para venir; mi mamá es miembro fundador de la SOMEE, y va a presentar una ponencia también.

Jamás en la vida se me hubiera ocurrido que mi mamá y yo podríamos presentar ponencias en un mismo congreso (porque estamos en áreas científicas en lo general completamente disconexas), y la verdad es una idea bonita que no quería dejar pasar. Así que aquí ando.

Es mi último salida académica del año, y la verdad me alegra; además de la incomodidad causada por las interrupciones en mis cursos, sencillamente ya estoy cansado. No ayuda que vine manejando con mi madre desde la Ciudad. Si me salgo con la mía, no vuelvo a salir de la Ciudad en lo que queda del año.

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Hasta luego, Barcelona

Dieciséis días después de haber iniciado mi viaje, me encuentro en el Prat esperando abordar mi vuelo de regreso a México vía Atlanta. Siendo como soy, y dado que es un vuelo trasatlántico, llegué tres horas antes del despegue, así que todavía falta para que empiece el abordaje; ya gasté los pocos euros que aún tenía sueltos, y supongo que empezaré a ver videos de YouTube para ver si puedo consumir lo que queda de datos en la tarjeta SIM que compré para mi estadía en Europa.

Fue un viaje… interesante por decir lo menos. También productivo; pero la verdad es que después de hacer viajes similares varias veces en mi vida, se ha vuelto hasta medio difícil que no resulte productivo un viaje de investigación. Ayuda con quien va a trabajar uno, por supuesto.

Dejo una vez más Barcelona, pero contrario a la última vez ahora no tengo ninguna incertidumbre; voy a regresar, y lo haré varias veces en mi vida. Si me salgo con la mía, estaré viniendo a Europa una vez al año; y si todo sale bien, es probable que en casi todas esas ocasiones me dé una vuelta por Barcelona. Aunque espero poder planearlo para junio o julio; no me gusta dejar mis cursos dos semanas.

Estoy molido, y lo entretenido del asunto es que voy a estar volando en total unas quince horas hoy, para mañana entrar a trabajar en caliente. Descansaré cuando me muera, supongo.

Pero a pesar del cansancio y que dejo Barcelona, estoy contento de volver a mi México lindo y querido. Por múltiples motivos; entre ellos, que después de estar comiendo jamón serrano e ibérico durante casi dos semanas, unos tacos de suadero suenan maravillosamente bien.

Nos vemos del otro lado del charco.

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Como local

Hoy presenté una versión extendida de mi plática de Salamanca en la UPC de Barcelona. Me fue mucho mejor que en el congreso, en gran medida porque el proyector sí funcionó (aunque hubo que cambiar de salón y de proyector… debo averiguar por qué a veces no funciona mi adaptador USB Type-C a VGA).

Cuando me presentaron, el coordinador del seminario donde hablé dijo que ahí por supuesto ya me conocían, que había ido a visitarlos varias veces como estudiante de doctorado, y que ahora regresaba como doctor y como profesor de la UNAM. Pero que dada mi historia con la institución, que yo básicamente era local ahí. 

Eso me tocó, porque nunca lo había visto de esa manera. Pero creo que tiene sentido. 

El trabajo ha sido medio pesado en Barcelona; excepto a un par de restaurantes y bares, no he podido pasear mucho. Pero ha sido muy satisfactorio.

Hoy cenaré en un lugar especial, que me recomendaron ampliamente, para celebrar mi plática. Y después me quedarán dos días en Barcelona. 

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Colonia

Estoy a punto de abordar mi avión de regreso a Barcelona, después de pasar alrededor de 48 horas en Colonia, Alemania. Fue mi primer visita a este país donde por omisión nadie le habla a uno en nada distinto a alemán (aunque todos fueron lo suficientemente amables en responderme en inglés cuando les hablaba en ese idioma); creo que me defendí bastante bien.

La ciudadcita está simpática (y la catedral es una obra de arte), pero como les dije a Fred y Anna el motivo del viaje era ponerme al día con ellos; todo lo demás era un bono extra. Hicimos varias cosas durante mi estancia aquí; pero todas y cada una de ellas quedaron completamente opacadas por Ida Maria Luise von Heymann, la hermosa hija de Fred y Anna a quien decidieron ponerle nombre de villana de película de James Bond. Es la niña más hermosa y feliz que he conocido de esa edad; y de hecho conviví con ella, cosa que no suelo hacer con niños chicos, probablemente porque mis amigos con hijos en México les da miedo que los vaya a romper.

Ida Maria Luisa von Heymann

Ida Maria Luisa von Heymann

Vuelvo ahora a Barcelona a hacer investigación durante una semana (y espero reponerme de tanto viaje), para finalmente regresar a México el próximo domingo. No ha sido el itinerario más demente que he seguido en mi vida (ese sería el del 2011), pero creo que sí es el segundo.

Como sea, ya no hay más zarandeos para mí; sólo mi trabajo “normal” en mi querida Barcelona.

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Barcelona

Hoy a las 8:30 (hora local) llegué en autobús a Barcelona. Técnicamente nunca había llegado por autobús, porque siempre he volado a la ciudad, aunque una vez entré manejando un carro rentado. Pero técnicamente siempre he llegado en autobús, porque del Prat usualmente tomo el Aerobús que lo avienta a uno a Plaza Cataluña. Como sea, nunca había llegado en un autobús que tardara once horas.

Todo lo de arriba es para explicar que llegué ligeramente madreado.

Ahorita estoy en el Prat esperando mi vuelo a Colonia, Alemania, donde veré a Fred y Anna y conoceré a su hija Ida. Me pasé el día desayunando, paseando, comiendo, y después perdiendo mi celular. Estaba tan madreado que dejé mi celular en el Aerobús, y no me di cuenta sino hasta que estaba cambiando terminales (porque también tuve que cambiar terminales… dos veces… larga historia).

Cuando cerca de 40 minutos después llegué al puesto de boletos del Aerobús, la linda muchacha a cargo estaba esperando con mi celular sin que yo hubiera tenido que hacer nada. Ahí mismo le pedí que se casara conmigo, pero me dijo riendo que sólo estaba haciendo su trabajo.

Fue tal vez el remate apropiado a un día que fue emocionalmente muy movido. La última vez que estuve en Barcelona fue en 2011, durante una estancia de investigación hacia el “final” de mi doctorado (entre comillas porque no tenía forma de saber que me tardaría otros tres años en doctorarme).

El día que dejé la ciudad hace cinco años, recuerdo muy claramente que no tenía ni puta idea de cómo iba a regresar a Barcelona; pero también estaba seguro de que lo haría (escribí al respecto aquí). Barcelona es una ciudad importante para mí; tal vez la más importante después de la Ciudad de México; regresar hoy, aunque fuera tan sólo por unas horas, fue paso significativo en mi vida. De entre todas las cosas que hecho mal, el volver a Barcelona de alguna manera determina que algunas (y ciertamente varias que me interesan demasiado) sí las he hecho bien.

Me voy dos días a ver a Fred y Anna, pero regresaré el lunes a pasar el resto de mi estadía en Europa en la ciudad que más quiero del viejo continente. Tendré oportunidad de disfrutarla con calma y de trabajar (que siempre que he estado en Barcelona, he estado trabajando).

Pero hoy volví después de cinco años. Y eso fue importante.

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Salamanca 

Salgo de Salamanca rumbo a Barcelona en estos momentos. Me gustó el pueblote; está bonito, la comida es espectacular (aunque es lo común en España), y está lleno de gente joven y hermosa. Además hice buenos amigos, lo cual siempre es un tesoro por sí mismo.

En casi cualquier otra ocasión hasta podría lamentar el irme… pero no esta vez.

Porque voy rumbo a Barcelona.

Elaboraré al respecto más adelante; por ahora voy a tratar de dormir lo más que pueda. Estoy agotado.

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Los rescates

Mi plática hoy fue al final de la sesión, la sexta de la misma. Es en general un lugar difícil, pero se complicó aún más porque al inicio de la sesión, la puerta de la sala estaba cerrada. Tardaron bastante en conseguir la llave y abrirla, y como suele ser con este tipo de cosas, casi todos los expositores tomaron algo más de tiempo del que les correspondía, así que cuando llegó mi turno ya estábamos completamente dentro de la siguiente pausa del café.

Y en ese momento ocurrió que mi laptop nada más decidió no reconocer al cañón.

Normalmente habría probado todo de antemano, pero como era ya tarde cuando abrieron la puerta no hubo oportunidad de hacerlo esta vez.

Por supuesto mi presentación estaba en PDF, entonces la moví a la computadora del salón y continué a pesar de las adversidades; pero lo llamativo de la plática era mostrar los programas que llevaba (y que por supuesto, yo escribí). Tuve que rescatar la plática sin los mismos; en general creo que salió bien, pero pudo haber quedado mucho mejor: como computólogo y programador, los programas son lo más importante para mí.

Estas cosas ocurren. Un buen expositor debe ser capaz de superar cualquier circunstancia; si se hubiera cortado la electricidad, hubiera podido dar la plática usando gis y pizarrón. Hubiera sido todavía más difícil; pero es el tipo de cosas que tenemos que ser capaces de superar; venga, hubiera podido sin gis pizarrón, moviendo mucho las manos.

Pero bueno, ya di mi plática (no exactamente como me hubiera gustado, pero qué se le va a hacer), y ahora puedo disfrutar sin distracciones Salamanca y el congreso.

Que es justo lo que haré.

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Jamón y vino

Después de dos aviones, un autobús, y una parte en Charles de Gaulle que de verdad pareció salida del metro Pino Suárez un lunes a las 8:00 de la mañana, por fin llegué a Salamanca, donde la XVII Conferencia de la Asociación Española para la Inteligencia Artificial (CAEPIA 2016) se llevará a cabo y donde hablaré el jueves.

(Tengo que comentar la enorme estupidez que cometí al comprar una tarjeta SIM española para mi teléfono celular, pero eso lo dejaré para después.)

Llegué a Salamanca cerca de las 8:00 de la noche, con más ganas de tomar un baño que de cualquier otra cosa, así que cuando salí después de las nueve para ir a cenar, no tenía pensado hacer otra cosa (ni la energía para hacerlo).

Le pregunté a Google a dónde ir, y decidió por mí que Casa Paca era el lugar ideal; concuerdo con su decisión. Pedí una entrada de jamón ibérico de bellota, y le pedí al mesero su sugerencia para una media botella de vino tinto, y cuando probé el jamón y después tomé un sorbo de mi vino, por poco lloro del placer.

Como ya he comentado, regresar a España es importante para mí; incluso aunque nunca haya estado en Salmanca antes. Y creo que lo simboliza muy bien la cena que tuve hoy, con jamón y vino. Pero ahora me voy a ir a dormir, que mañana empieza el congreso.

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A España cinco años después

Una vez más estoy en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México esperando abordar mi vuelo. Tengo un congreso en Salamanca y una estancia de investigación en Barcelona; regreso el 25 de septiembre. Este fin de semana aprovecharé para visitar a mi cuate Eddie en Wisconsin, y el próximo a Fred y Anna en Colonia, Alemania.

Este viaje es significativo por varias razones, sobre las cuales elaboraré a lo largo del mismo; ahorita sólo comentaré que el proceso para planificarlo fue radicalmente distinto a mi viaje a Grecia el año pasado. Mientras a Atenas viajé de forma apresurada y ligeramente atolondrada, este viaje que empieza hoy lo planeé con bastante tiempo de anticipación, y con mucho más cuidado.

Ya tengo los boletos de avión y autobús de todas las paradas (el tren sencillamente no me convenía), mis hoteles reservados, mis cuates saben dónde y cuándo llegaré y ya planeamos casi todo, etc. También, para variar, llevo mi ponencia terminada (aún me falta afinar algunos detalles de uno de los programas que ejecutaré durante la presentación), y algunos contactos que me pasaron en Salamanca, donde nunca he estado.

Mi primer pasaporte expiraba en enero del año que viene, así que durante este viaje habría tenido menos de seis meses de vigencia, y resulta que así no se puede viajar. Lo renové, lo que causa que ande cargando mi nuevo pasaporte y el viejo invalidado, porque ahí va mi visa gringa. Ya que andaba en trámites renové mi credencial de elector, y tengo mi cita (hasta noviembre) para sacar mi cédula de doctor. También ya tengo mi título de doctor, lo cual es una historia para otro día.

Va a ser un viaje pesado, al menos al inicio; toco siete ciudades en dos continentes y tres países antes de regresar a México, pero la última semana estaré nada más en Barcelona, así que me dará tiempo de relajarme, espero.

Toda la planeación del viaje junto con el inicio de semestre en Ciencias causaron que estuviera bastante estresado estas últimas semanas, así que ahora que estoy por abordar el avión pienso sencillamente descansar y disfrutar el viaje.

Nos vemos del otro lado.

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Que veinte años no es nada

En agosto de 1996 comencé a tomar clases en la Facultad de Ciencias.

Me parece que había ido un par de veces antes a la misma; la primera vez a recoger mi tira de materias, y la segunda a la bienvenida y examen médico. Me parece, recalco, porque como ocurrió hace veinte años la verdad no recuerdo todo con certeza.

Como sea, en agosto comencé a ir diario a tomar clase y percatarme de que, aunque hacía mucho había notado que yo nunca era de los mejores en casi nada académico, en Ciencias se multiplicaba exponencialmente el asunto. Los primeros meses sí consistieron en básicamente comenzar a entender la magnitud de mi ignorancia y estupidez en un rango bastante amplio de temas.

En esos primeros meses del semestre 1997-1, hace veinte años, no sabía (no había forma de que pudiera saberlo) de que la Facultad de Ciencias iba a definir muchos aspectos de lo que me caracterizan hoy en día como persona. Mucho menos iba saber (aunque sin duda alguna lo comencé a desear casi de inmediato) que iba a terminar trabajando aquí como profesor de tiempo completo.

El mundo, el país, la Ciudad de México, la Universidad, la Facultad y yo mismo hemos cambiado radicalmente en estos veinte años. El PRI aún llevaba setenta años ininterrumpidos gobernando; todavía no podíamos elegir a nuestros gobernantes en el aún existente Distrito Federal; muchos no nos imaginábamos que un asalto a la gratuidad de la UNAM venía en marcha; el edificio del Tlahuizcalpan de la Facultad estaba en construcción (y así seguiría por toda mi estadía como estudiante en la carrera); y casi ningún estudiante contaba con teléfono celular (mucho menos laptop), y faltaba todavía mucho para que esos teléfonos celulares reprodujeran música y video y pudieran acceder datos en Internet casi en cualquier lugar. Era otro mundo.

Y sin embargo muchas cosas permanecen iguales, o casi sin cambios; los pasillos que a partir del lunes recorreré para impartir clases en el semestre 2017-1 son básicamente los mismos que recorrí hace veinte años en el semestre 1997-1 para tomar (en algunos casos) esas mismas clases. Los estudiantes, como cuerpo estudiantil, no han cambiado tanto realmente (aunque sin duda yo los veo cada vez más jóvenes). Y los profesores tampoco; sólo ahora varios de los que éramos estudiantes nos pasamos al lado oscuro.

Aún no es técnicamente cierto que he pasado más de la mitad de mi vida en la Facultad de Ciencias. Después de titularme trabajé varios años en la industria, y aunque durante una parte del posgrado estuve dando clases, también hubo periodos largos durante los cuales ni siquiera puse un pie en la Facultad. Pero es la institución con la que he estado asociado más tiempo en mi vida, por mucho; la UNAM también, por supuesto, pero mi permanencia en la UNAM es básicamente la Facultad de Ciencias y unos cuantos años salteados en distintas partes de la Universidad Nacional.

Todavía le tengo (y siempre le tendré) un gran cariño al CCH Sur, pero la verdad no afectó en mucho mi vida, y los recuerdos que tengo del mismo (por más agradables que sean muchos de ellos) cada vez pierden más el brillo y la claridad; hace años que no voy de visita. A su vez el posgrado siempre fue más bien como un escalón, un simple periodo de transición, y los últimos años del mismo ni siquiera estuve físicamente en la UNAM la mayor parte del tiempo.

En cambio la Facultad de Ciencias, de una forma u otra, siempre estuvo ahí, y varios de los momentos que viví (que, como digo arriba, me definieron) los recuerdo con una claridad y nitidez asombrosa. Tal vez por el simple hecho de que sigo recorriendo esos mismos pasillos y salones.

Por estos días (no recuerdo la fecha exacta) se cumplen veinte años de que comencé a tomar clases en la Facultad de Ciencias. Espero al menos poder pasar otros veinte siendo profesor aquí.

Y creo que no me molesta la idea de pasar otros cuarenta.

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Al maestro con cariño

La semana pasada califiqué y cerré los grupos que impartí el semestre anterior. Que un grupo se “cierre” quiere decir que, después de poner las calificaciones, el profesor decide que ya no hará modificaciones y que el listado puede irse a la Dirección General de Administración Escolar (DGAE); la semana que entra firmaré (electrónicamente) las actas de ambos grupos, y una vez hecho eso definitivamente ya no habrá forma de que afecte a ninguno de los que fueron mis alumnos (a menos que vuelvan a inscribirse conmigo en otro curso, claro está).

Sin embargo en los hechos jamás he modificado una calificación después de cerrar un grupo y antes de firmar las actas, así que consideraré que en este instante no tengo relación académica formal con ningún estudiante, porque me siento más cómodo escribiendo de lo que quiero escribir si así es el caso, y he esperado literalmente años para poder hacerlo. Mañana empieza el propedéutico de la carrera de Ciencias de la Computación, y en dos semanas empiezan los cursos propiamente, y entonces tendría que esperar otros seis meses (en enero) a estar en una situación similar.

Como menciono arriba, he esperado años para escribir de esto, porque el hecho específico que me motivó a hacerlo ocurrió hace años, y justo quería dejar que transcurriera un tiempo significativo antes de plasmarlo en el blog (para evitar que ni siquiera se pudiera intuir a qué estudiantes me estaba refiriendo). Entonces sí quiero dejar claro que lo que me inspiró para escribir esta entrada no tiene necesariamente nada que ver con ningún ex-estudiante mío del semestre pasado, ni el anterior a ese, ni el anterior al anterior, etcétera por varios años. Dicho sea eso, mucho de lo que voy a relatar se repite casi sin falla en la mayor parte de los semestres, y probablemente continúe repitiéndose hasta que deje de dar clases en el ocaso de mi vida.

Desde que empecé a impartir clases como profesor en 2005, en casi todos los cursos que me han tocado, existe una muchacha en el grupo que se enamora de mí. A veces más de una (y a veces también muchachos, por supuesto, pero la verdad eso nunca ha sido problema para mí).

Me encantaría poder decir que esto ocurre porque soy guapo, inteligente, simpático y en pocas palabras irresistible… pero no puedo porque sencillamente es falso. Quiero decir, no soy Quasimodo ni retrasado mental (aunque sí soy bastante insoportable); pero estas muchachas que se enamoran de mí, realmente no se enamoran de ; yo como ser humano no tengo casi nada que ver en el asunto.

Se enamoran del profesor. Y (desafortunadamente para mi ego) la diferencia sí importa.

Me parece que esto le ocurre básicamente a todos los profesores universitarios en el mundo, hombres y mujeres; aunque por razones culturales es más pronunciado que sea una muchacha la que se enamore de un profesor. La inversión de géneros sin duda alguna también ocurre (oh, yo lo sé muy bien), pero sí es una situación más atenuada. Las estudiantes de por sí ven al profesor como una figura de autoridad, alguien a quien admirar, y que estos sentimientos de admiración crezcan o se transformen en algo más profundo es perfectamente natural.

Ahora, siendo profesor nunca he andado con una alumna mía, ni lo haré: en lo personal me parece éticamente cuestionable (aunque hay un montón de profesores que no tienen ningún problema en coquetear y andar con sus alumnas). Entonces trato de mantener mi distancia con mis estudiantes, al grado de a veces parecer excesivamente seco, y creo que me ha funcionado bastante bien; pero la verdad es que en la mayor parte de los casos es bastante sencillo. La enorme mayoría de las muchachas que se llegan a enamorar de mí mientras les doy clases no hacen nada al respecto, excepto tal vez echarme ojitos pizpiretos y de vez en cuando suspirar profundamente. Con estas muchachas no tengo nada de qué preocuparme normalmente.

De vez en cuando aparece una estudiante que sí intenta hacer algo más para llamar mi atención, pero hago énfasis en que suelo impartir cursos en el primer año de la carrera; entonces estamos hablando de muchachas menores a veinte años. Para mi fortuna, a esa edad casi todos los seres humanos son increíblemente torpes para coquetear (y para casi todo lo demás), entonces tampoco me preocupo demasiado.

Lo difícil, y que por suerte ocurre muy raramente, es cuando una muchacha de 18 años bonita, simpática e inteligente se enamora de mí, y además resulta que es bastante hábil para coquetear (que fue el hecho que me inspiró a escribir esto). No porque yo vaya a “caer” en la tentación; confío plenamente en mi capacidad de, en el peor de los casos, ponerme firme y rechazarla de manera tajante.

Pero que sea capaz de hacerlo no quiere decir que sea fácil, ni que una parte de mi cerebro no se diga “maldita sea, ¿por qué no tengo quince años menos?”

Las primeras veces que una estudiante se enamoró de mí sí me sacó mucho de onda; a estas alturas ya es parte de la rutina de dar clases. Es simpático y algo tierno, y de hecho puedo utilizarlo para motivarme a dar mejores cursos y ser mejor profesor. Pero cuando es una muchacha con la que, si no fuera mi estudiante y yo fuera al menos diez años menor, sí pudiera visualizarme andando con ella, es cuando se pone difícil la situación.

Por suerte, repito, ocurre muy raramente. Pero cuando ocurre, generalmente lo noto a la tercera o cuarta semana de clases; entro al salón, comienzo mi clase, y está enfrente mío una muchacha, arreglada primorosamente, y mirándome fija y lascivamente.

Y yo sólo puedo suspirar dentro de mi cabeza y decirme “rayos, va a ser uno de esos semestres”.

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La página personal

Comencé a escribir en mi blog en 2005, cuando creía que me iría a estudiar mi posgrado a Canadá. Once años después, durante los cuales casi absolutamente nada de lo que he planeado ha salido como yo esperaba (y en casi todos los casos me alegro que así haya sido), por fin decidí crear una página personal.

En la academia las páginas personales tienen cierta importancia; no son fundamentales, pero definitivamente son útiles. Probablemente debí haber escrito la mía hace años, pero me daba una flojera inconmensurable, y me decía además que tenía el pensadero.

Por supuesto, en el pensadero realmente no van mis publicaciones, ni mi currículum, ni qué cursos estoy dando, ni mis intereses de investigación, etc. Así que desde un punto de vista académico el pensadero es bastante inútil, y podría discutirse que algo impropio. Como además varios sitios sociales académicos sugieren meter una página personal, me puse a armar una que fuera apropiada para el mundo académico y que tuviera la información académica que necesitaba tener, y el resultado lo pueden ver aquí.

También actualicé y puse en línea mi currículum (que tenía que hacer para mi informe anual de cualquier forma) y llené mi información en Google Scholar y ResearchGate; exceptuando Google+ suelo evitar como la peste todo tipo de redes sociales, pero en Google Scholar y ResearchGate están varios de mis colaboradores, y usar esos sitios tiene sus ventajas (de ResearchGate me avisaron cuando salió publicado un artículo mío sin que yo me diera cuenta, por ejemplo, y le vendí mi alma hace mucho a Google, así que no veo motivos para no estar en Google Scholar). Por la misma razón estoy más o menos considerando por fin hacer caso a las doscientas mil invitaciones que tengo para unirme a LinkedIn; si hubiera regresado a trabajar en la Iniciativa Privada sin duda alguna estaría ahí, pero como casi seguramente seguiré en la academia hasta que cuelgue los tenis, no le veo mucho sentido.

Así que después de varias semanas de estarle dedicando tiempo esporádico a actualizar mi presencia en línea (sin muchas sorpresas sigo muy ocupado), por fin ya tengo una página personal (distinta al blog), y mi información académica está un poquito más ordenada en la red, o al menos en algunas redes. Ahora sólo me falta ir llenando todas esas páginas con más cosas que haya hecho.

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El coloquio evolucionado

En marzo de 2007, hace nueve años, asistí a mi primer Coloquio Víctor Neumann-Lara de Teoría de las Gráficas, Combinatoria y sus Aplicaciones. Hoy regresé al mismo después de una ausencia de cuatro años, y di mi plática, que me parece salió bastante bien.

He tenido una carga de trabajo medio brutal (particularmente por varias cosas que tenían que salir para una fecha determinada… como mi plática para el coloquio), lo que ha causado que no actualice mucho mi blog.

Después de regresar del coloquio tendré otras tareas que me tendrán ocupado varios días; pero para las vacaciones de semana santa espero haberme desocupado lo suficiente como para retomar el blog.

Mientras tanto, es divertido venir a estas cosas ya como profesor. La perspectiva evoluciona, como uno mismo lo hace también.

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El reporte

Una de las cosas que tengo que hacer ahora, como profesor de tiempo completo, es entregar reportes anuales de lo que he estado haciendo, para que no me corran bajo la impresión de que ando de huevón.

Me sorprendió un poco, porque oficialmente entré en agosto de 2015 y entonces supuse que mi primer reporte anual sería hasta agosto de 2016. Resulta que no, tuve que entregar mi reporte anual que cubrió seis meses.

Eso implicó también entregar mi plan de trabajo para 2016. Lo cual también me sorprendió un poco, porque cuando entré hice un plan de trabajo de agosto de 2015 a agosto de 2016. Y entonces ahora tuve que entregar un plan de trabajo que se empalma con el que ya había entregado antes.

Algún día la UNAM dejará de sorprenderme, supongo. Sólo no creo que ocurra pronto.

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El pago

Hace poco más de tres meses escribí que por fin había firmado mi contrato como profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Hoy por fin me pagaron.

Aunque firmé en octubre, mi contrato comenzó desde agosto. Y, por situaciones administrativas en las que no quiero elaborar, de hecho yo comencé a trabajar en la UNAM en mayo.

Eso significa que tardaron ocho meses y medio en comenzar a pagarme. Lo cual, lamentablemente, no es tan descabellado para la Universidad Nacional Autónoma de México.

Cuando comencé a dar clases como ayudante de laboratorio, literalmente el siglo pasado, lo común era dar clases y recibir un pago único al siguiente semestre. Esto fue mejorando a lo largo de los años; hoy en día los muchachos que comienzan a dar ayudantía en agosto suelen recibir su primer cheque en octubre o a más tardar septiembre.

Yo regresé al esquema del siglo pasado, al parecer por la situación particular de mi caso; yo recibí pagos ininterrumpidos por parte de la UNAM desde 2013 como profesor de asignatura, y paradójicamente al parecer eso causó que mi pago como profesor de tiempo completo se retrasara más de lo “normal”. Y también significa que, a partir de cierto momento, la UNAM comenzará a descontarme de mis cheques todos los pagos que me hizo como profesor de asignatura de agosto hasta diciembre.

Mi querida UNAM; enorme y burocrática como siempre.

Me enteré de que había ganado mi plaza más o menos por abril de 2015, pero hasta hoy siento que por fin se está normalizando mi situación. Firmar mi contrato fue un paso importante; pero recibir mi pago por el trabajo realizado es, desde cualquier punto de vista que se quiera ver, algo mucho más concreto que firmar un papelito. Especialmente si dicho papelito se ve igualito a los tristes contratos que he firmado semestre a semestre desde 1998 que comencé a dar clase (nada más que ahora decía “Profesor de Tiempo Completo”).

La firma en el papelito

La firma en el papelito

Así que ya estoy trabajando en dos chambas que me pagan más que decentemente. La buena noticia es que a partir de este momento (bueno, nada más pague las deudas en las que incurrí durante los ocho meses y medio que sólo recibí mi salario de profesor de asignatura) básicamente ya no tengo que preocuparme de cosas materiales.

La mala es que, de nuevo, no tengo mucho tiempo libre. De hecho casi no tengo tiempo libre.

Así es complicado andar buscando esposa.

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Los días extremos

Fui profesor de asignatura de la Facultad de Ciencias durante 17 años (aunque con pausas). Esto significa que, en general, yo no me paraba en la Facultad el día antes de que cerraran la Universidad por vacaciones, ni el día en que volvían a abrirla. Durante los días extremos del calendario universitario yo generalmente estaba en mi casita haciéndome güey.

Ahora que soy profesor de tiempo completo, me encontré en la Facultad durante esos días; el viernes 11 de diciembre del año pasado, y hoy 4 de enero del presente. El 11 de diciembre comenzó rápidamente a sentirse que se iba quedando vacío el Departamento de Matemáticas; hoy más bien se sintió medio vacío todo el día.

Técnicamente podría no ir estos días extremos, pero la verdad es que ya extrañaba mi cubículo. Trabajo mucho mejor ahí que en mi departamento (donde tengo demasiadas distracciones). Y como está casi vacía, pues de hecho se trabaja mucho mejor.

Sólo sí se ve medio desolada mi Facultad.

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La vida académica

Acabo de regresar de mi congreso en Guanajuato. Aunque técnicamente mi viaje a Grecia fue el primer congreso al que acudí ya como doctor y con plaza, la verdad no debe contar porque fue un congreso bizarrísimo y además mi situación académico-laboral estaba mucho más inestable.

Así que voy a considerar este congreso al que fui, Combinatoria y Matemáticas Aplicadas: una celebración de los primeros 70 años de Gilberto Calvillo y David Romero, como mi primer congreso ya siendo yo parte de la parte de los “niños grandes” en la academia.

Podría platicar mucho acerca del congreso, pero sólo diré dos cosas porque son las que más considero importantes: la primera es que yo había ido con la idea de medio descansar de un semestre que ha sido brutal para mí, y que esto fue imposible por varias razones, una de las más importantes que todas las pláticas de los últimos días me pusieron a pensar en múltiples niveles.

La segunda es que le hicieron falta estudiantes al congreso, sobre todo porque muchas de las pláticas era de problemas aplicados en el mundo real, y el mundo académico siempre debería estar impulsando a los estudiantes a que apliquen sus conocimientos en cosas concretas.

Así que aunque acabé igual o más madreado que en una semana de dar clases, y de que me hubiera gustado ver más gente joven, el congreso me pareció fabuloso, y me da gusto irme reintegrando a la vida académica “normal”, que había medio abandonado a partir de que dejé de recibir la beca de doctorado.

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El trabajo de Canek: La Universidad Nacional Autónoma de México

Mi trabajo ideal, del cual firmé mi contrato hace poco más de un mes, es por supuesto como Profesor de Carrera Asociado C de Tiempo Completo en el Departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Universidad Nacional Autónoma de México

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ただいま。

De verdad me encantaría poder decir que cuando salió la convocatoria para la plaza (de hecho salió una convocatoria para doce plazas, cosa que no había ocurrido en décadas en la Facultad), y que yo metí papeles para la misma, que todos los profesores de Ciencias de la Computación (la mayor parte de los cuales me dio clases siendo yo estudiante) inmediatamente reconocieron que yo era el mejor candidato para ocupar dicha plaza.

Eso no fue lo que ocurrió. Es por ello que aunque la convocatoria se publicó en julio de 2014, yo no recibí mi cubículo sino hasta finales de abril de este año. La demora para que firmara mi contrato se dio por el monstruo burocrático que es la UNAM; y sinceramente no me extrañó, conociéndola.

(Por cierto; dato interesante de mi cubículo. Cuando era ayudante en mi carrera poco después de la huelga, nos tenían amontonados en el cubículo 031 del Departamento de Matemáticas; siendo como soy, yo básicamente tomé posesión del 031 y ahí medio viví durante un par de años. Hace poco, y porque el Departamento de Matemáticas necesitaba espacio para acomodar a los nuevos profesores contratados, decidieron tomar los cubículos 030 y 031 que eran grandes, y crear tres nuevos cubículos de tamaño normal tirando a pequeño; el 030, 031 y 032. Por esas casualidades que sólo me pasan a mí, me dieron a escoger qué cubículo quería, y cuando dijeron que el 031 estaba disponible de inmediato lo pedí. Así que me encuentro en el mismo lugar donde empecé mi vida como docente; lo cual me parece una buena señal.)

Yo obviamente supongo que algunos de mis ahora colegas actuaron de buena fé y de verdad creían que algún otro candidato tenía más méritos que yo para ocupar la plaza; pero debo dejar perfectamente claro que, por supuesto, yo estoy seguro de que era el mejor candidato. He dado clases aquí desde 1998, tengo mucha experiencia laboral en el mundo real, y además hago investigación y tengo publicaciones (e iré teniendo más; voy bastante avanzado en varias, de hecho).

La dicotomía académica en la discusión en torno a la plaza que gané giraba respecto a qué necesitaba mi carrera; si necesitaba un muy buen investigador que pudiera dar clases, o si necesitaba un muy buen profesor (especialmente de las materias obligatorias de los primeros semestres) que hiciera investigación. Desde la segunda perspectiva, de verdad casi nadie me gana.

¿Por qué es éste mi trabajo ideal? Básicamente porque es lo que he venido haciendo (con algunas interrupciones) desde hace casi veinte años, nada más que ahora bien pagado, y con los recursos (y no hablo nada más del dinero) para hacerlo aún mejor. De aquí a que muera (o me jubile) daré clases, dirigiré tesis, presentaré trabajos en congresos, publicaré artículos en revistas y libros de texto, y haré difusión de la ciencia.

Repito; lo que he venido haciendo desde hace casi veinte años que por primera vez fui ayudante de laboratorio, en agosto de 1998.

No es 100% seguro que tenga este trabajo hasta que muera; estoy contratado por un año, al final del cuál un comité evaluará si cumplí lo que me comprometí a hacer en mi plan de trabajo. Si dicho comité determina que así fue, me volverán a contratar. Después de algunos años así podré solicitar concursar para promoverme a Profesor Titular, y después de algunos años más podré solicitar concursar por mi definitividad. En otras universidades del mundo, a este tipo de posición se le llama tenure track.

(Todo esto es según mi interpretación del Estatuto del Personal Académico de la UNAM; que en verdad necesito estudiarlo con más calma.)

En cada uno de los pasos hacia mi definitividad, existe la posibilidad de que me corran. Sólo que les voy a contar un secreto: no me van a correr. Y no me van a correr porque voy a hacer mi trabajo extraordinariamente bien, porque me encanta hacerlo y soy endiabladamente bueno haciéndolo. Y si eso suena terriblemente arrogante de mi parte, lo siento mucho; siendo así es que he conseguido todo en mi vida.

La vida académica tiene muchas ventajas: no tengo ningún jefe directo (aunque en realidad debo responderle a mucha gente por muchas razones; pero con gusto tomo órdenes de estas personas); no tengo horario excepto para dar mis clases (aunque en realidad casi todos los días llego antes de las 9:00 y me voy después de las 19:00); no tengo que vestirme de ninguna manera en particular (aunque en realidad lo primero que hice cuando me pagaron fue comprar ropa); y en teoría puedo hacer lo que se me venga en gana (aunque en realidad los primeros años me tienen que aprobar mis planes de trabajo, y si no los cumplo me corren).

Estos últimos seis meses de mi vida han sido de los más intensos y felices que he tenido. He trabajado como mula (mi plan de trabajo para este primer año fue un poquito ambicioso de mi parte), pero todos los días llego a la Facultad, entro a mi cubículo, y me pongo a trabajar en las diez mil cosas que tengo que acabar, y lo hago con una sonrisa en la cara y con más ánimo que el que cualquier otra tarea me haya generado en la vida. Me detengo nada más para ir a dar clases, comer e ir al baño, y regreso de noche a mi departamento para básicamente caer como tapa de excusado sobre mi cama, aunque si puedo trato de jugar aunque sea una hora.

El salario es menor que el que podría ganar en la Iniciativa Privada o alguna institución gubernamental; pero ese es el salario base. La antigüedad lo va aumentando (y repito, he dado clases desde 1998), y hay programas de apoyo y becas para académicos que lo suben todavía más (y, por lo que tengo entendido, esos extras son libres de impuestos). Así que cada año que pasa mi salario real sólo va en aumento; y eso que no he mencionado cosas como el Sistema Nacional de Investigadores (al que solicitaré, y entraré, el año que viene) o proyectos que puedo solicitar a CONACyT.

Los que elegimos la vida académica sacrificamos muchas cosas durante muchos años (como bien suelen ponerlo los Simpsons); son años de estar ganando una miseria y estudiando y trabajando como locos, todo con la esperanza (muy lejana en la mayoría de los casos) de poder conseguir plaza en alguna universidad, y la mayor parte sencillamente no lo consigue. Y como discutí en mi entrada anterior, muchas veces los que concursan no tienen la menor culpa de no poder conseguirlo.

Yo mismo, si bien no voy a culpar únicamente a mi decisión de perseguir una vida académica, sí puedo decir que el hecho de que esté soltero y sin hijos tuvo mucho que ver con ello. Mi vida personal ha estado, figurativamente, medio puesta en pausa durante unos doce años porque no sabía qué deparaba el futuro para mí.

Ahora sí lo sé. Todavía existe la posibilidad de que me corran; pero sinceramente creo tener lo necesario no solamente para conservar mi trabajo, sino para brillar en el mismo. Para poder formar nuevos computólogos que sean excelentes programadores (y ciertamente el país necesita muchos de esos); para titular estudiantes dirigiéndoles las tesis; para generar nuevo conocimiento haciendo investigación y publicando artículos y presentándolos en congresos; y para difundir la ciencia en mi área de especialización.

Literalmente nací para esto. Se me da incluso mejor que programar (y eso ya es decir mucho), y no puedo imaginar a qué otra cosa podría dedicarme que me satisfaciera más.

Cuando me doctoré, sentí que se me quitaba un gran peso de encima, y eso obviamente me alegró; pero el hecho de doctorarme no me dio mucha felicidad que digamos. Tampoco jamás me he sentido particularmente orgulloso de que me llamen “doctor”, y de hecho aún me medio saca de onda. En cambio, el conseguir mi plaza y que me llamen, ahora sí de manera técnicamente correcta, profesor… eso sí me alegra. Mucho.

Profesor Canek Peláez de la Facultad de Ciencias en la UNAM, sin duda alguna la mejor universidad del país, y la segunda mejor de Latinoamérica (detrás de la de São Paulo en Brasil).

Eso es lo que quiero que diga mi obituario.

¿Y ahora qué sigue? Supongo que en primer lugar será destrabar la pausa figurativa en que tenía a mi vida personal; aunque antes voy a terminar este semestre, porque sí fui ligeramente ambicioso al presentar mi primer plan de trabajo, y no tengo mucho tiempo libre que digamos; menos aún porque me estoy reintegrando a trabajar en el INE de tiempo parcial.

Después, no lo sé con exactitud. Lo que sí sé es que si cumplo mi trabajo (que lo haré) tengo básicamente garantizada mi seguridad laboral; que económicamente estoy cómodo, e iré estando progresivamente más cómodo conforme pase el tiempo; y por encima de todo que me estoy dedicando a algo que me encanta hacer, y para lo que soy bastante bueno.

Cualquier otra cosa que me pudiera hacer falta en la vida se irá dando naturalmente; no tengo de qué preocuparme al respecto, y no lo haré. De lo único que tengo que preocuparme es de hacer bien mi trabajo, y de disfrutarlo mientras lo hago.

Y eso es lo que planeo hacer durante (al menos, espero) los próximos cuarenta años.

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