Dos años con el diablo

Ayer cumplí dos años de que estrené mi Mini Cooper, y entre otras cosas eso significó verificar mi carro por primera vez de forma “normal”. Cuando lo compré, los carros nuevos se verificaban y les duraba dos años; no sé si ese sea aún el caso.

Llevo dos años con mi carro y la verdad lo he disfrutado mucho. Es caro mantenerlo, pero como soy un zángano irresponsable del cual no depende económicamente ningún otro ser humano, pues no me causa muchos problemas. Es de las ventajas que tiene el ser soltero y sin hijos.

No me han pasado cosas terriblemente interesantes con el carro; me multaron una vez por exceso de velocidad (iba a 90 en lugar de 80), y un día se lo llevó la grúa porque lo dejé mal estacionado. En ambas ocasiones sencillamente pagué mi deuda a la sociedad y seguí con mi vida; en el caso de la grúa tuve que ir a mi casa por algunos papeles (copia del pago de la factura, por ejemplo), pero como tenía todo en orden lo único que perdí fue tiempo.

Es gracioso; utilizo mi carro de la manera más aburrida posible, para ir y regresar del trabajo generalmente, y no ando tratando de levantar veinteañeras con él ni corriendo como loco en autopistas. Dentro de la Ciudad generalmente ando debajo del límite de velocidad (cuando me multan, es por 10 kilómetros por hora). Cualquier modelo de carro me serviría para lo que hago.

Y sin embargo mi Mini Cooper me da mucha satisfacción manejarlo, aunque nada más sea para ir a Ciudad Universitaria y el súper los fines de semana. Mi teléfono se conecta por Bluetooth automáticamente al encenderlo y mi música toca mientras manejo en mi Ciudad haciendo las cosas aburridas que normalmente hago.

Y soy feliz de una manera muy simple cuando lo hago… aunque claro, si ya acabara de pagarlo sería aún más feliz.

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Los antibióticos

Hace como un mes me enfermé. Esto solía ser algo muy raro en mí, pero desde hace algunos años cada vez es menos raro. Como sea me enfermé hace un mes; después de una semana sin recuperarme por fin fui al doctor y me recetó antibióticos. Esto sigue (o seguía) siendo raro conmigo; cuando me enfermaba solía recuperarme nada más tomando té.

Total que tomé antibióticos durante una semana y me compuse. Y dos semanas después doné sangre, porque por supuesto que eso hice; y claro que me enfermé de nuevo. Tuve que ir al doctor y tomar antibióticos otra vez.

Sinceramente no puedo recordar la última vez en mi vida en que estuve tan enfermo que tuviera que tomar antibióticos dos veces en un mismo año.

Por supuesto no es nada más que voy a cumplir 40 años en menos de un mes; todo el año he tenido un ritmo brutal de trabajo y llevo meses sin hacer ejercicio y comiendo comida chatarra casi todos los días. Eso y que justo en las últimas semanas retomé una actividad que me ha dejado con todavía menos tiempo y energía disponibles.

Nada de esto ayuda a que escriba en el blog, que tengo criminalmente abandonado desde hace semanas; pero además (y como ya había mencionado hace unas semanas) el blog es en gran medida una válvula de escape para mi necesidad de estar escribiendo, y esta necesidad se ha visto más que satisfecha por otro proyecto que tengo desde finales del año pasado.

Ya llevo varios días sano (al menos físicamente), y espero que las vacaciones me dejen por fin trabajar en paz (y eso es nada más chiste en parte). Así que me gustaría volver a escribir en el blog; pero la verdad mis circunstancias actuales no me están dando muchas oportunidades. Vamos a ver cómo se ponen las siguientes semanas.

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La pausa de febrero

No escribí ninguna entrada en febrero. Técnicamente tampoco en la mitad de enero. Es de las pausas más largas que he tenido en mi blog. Las razones son varias.

La primera y que siempre estoy chillando al respecto, es que tengo mucha chamba. Sé que suena a un pretexto barato, pero es sencillamente cierto. Nada más he podido ir al cine dos veces desde mediados de enero, y aún no escribo de esas películas en el blog (hoy iré a ver Logan).

La segunda es que, en medio de mi apretada agenda, están pasando cosas en mi vida de las cuales no se me pega la gana escribir todavía al respecto.

Y la tercera y última es que al fin y al cabo mi blog ha sido una válvula de escape para mi necesidad y gusto por escribir. Y desde finales del año pasado estoy hundido hasta el cuello en un proyecto que consiste justamente en escribir un montón, así que no es como que tuviera mucha necesidad de escribir cuando ya lo hago diario y todos los días; y menos aún con toda la chamba que tengo encima que me quita todo mi tiempo.

Comentaré más adelante acerca de este proyecto; es grande e importante, y espero sea una parte significativa de mi vida profesional. Pero todavía no estoy listo para hablar de él en detalle. Sin embargo ha llegado a un punto donde ya pasé por la parte más difícil, así que espero poder retomar el escribir en mi blog, aunque probablemente el ritmo de entradas será lento.

Comenzaré escribiendo del puñado de películas que he visto y no he reseñado en el blog. Después ya veré.

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Feliz año 2017

Como todos los años, le deseo un feliz año nuevo a todos mis lectores, en particular a aquellos que se toman la molestia de dejar un comentario de vez en cuando.

2016 fue un año fascinante. Lamentablemente eso no se traduce necesariamente en “bueno”, pero creo que nadie podrá negar que todas las cosas que ocurrieron en el mundo y en el país fueron muy interesantes, si bien es posible que lleven a la destrucción de la raza humana. Claro que, siendo profundamente optimista como soy, no creo realmente que eso pase; pero me parecería irresponsable decir que la probabilidad es cero.

Desde el punto de vista personal, este año también fue fascinante, especialmente los últimos meses. Igual que con el estado del mundo, no todo es calificable como “bueno”; pero creo que sí puedo decir que nada es, técnicamente, malo. Algunas cosas hubiera preferido que se llevaran a cabo de manera distinta, pero incluso como terminaron ocurriendo no me quejo. Al menos no mucho.

Y definitivamente me estoy divirtiendo mucho. Pero esa es mi naturaleza.

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Los huevos

El fin de semana fui a ver a mi mamá a Xochimilco, y pasé a una tiendita a comprar unas cosas. Yendo hacia la tienda, un tipo que venía caminando en la calle con una bolsa de huevos los estrelló contra mi rodilla, rompiéndolos.

Yo iba caminando como suelo caminar, y el tipo (que si me preguntan, como el responsable de los huevos, debía ser el primero interesado en mantener su integridad) los estrelló contra mi rodilla; yo ni siquiera iba viendo hacia abajo.

El tipo comenzó a decirme de cosas muy agresivas, y yo tuve que contenerme para no reírme. No por bravucón; el reírme suele ser mi primer respuesta a casi cualquier cosa, pero además creo que era claro que el tipo hubiera querido romperme mi madre, pero al verme decidió que no le iba a ser fácil. Y de nuevo, no es por bravucón; mis habilidades de combate se reducen a gritar “¡corre!”, pero físicamente doy la impresión de ser bastante rudo… definitivamente no lo soy, pero sí doy el gatazo.

Como sea, yo continué mi camino a la tienda, diciéndole al tipo que se calmara, y procedí a tomar las cosas que iba a comprar. El tipo procedió a volver a entrar a la tienda, todavía insultándome, y golpeó el mostrador con la bolsa de huevos rotos. Lo cual no termino de entender, ¿qué culpa tenía el pobre dependiente? Siguiendo mi naturaleza pacifista, le dije de nuevo que se calmara, y que si quería le compraba otros huevos.

Por alguna razón que tampoco termino de entender, esto lo hizo enojar más y se fue diciendo todavía más improperios.

Para este punto yo estaba de verdad haciendo un esfuerzo muy grande por no soltar una carcajada, y sólo pasé al mostrador a pagar mis cosas. El dependiente, mirando con cierto desagrado la bolsa de huevos rotos en el mostrador, me preguntó que qué había pasado. Le conté, y le dije que no entendía por qué tanto enojo si le había dicho que si quería le compraba otros huevos.

“Le hubiera dicho que qué genio”, me dijo, lacónico, el dependiente.

Qué genio indeed.

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Los sueños adolescentes

Todo mundo tiene sueños a los dieciséis años de edad que por varias razones nunca puede realizar.

Algunos no los realizamos porque eventualmente perdemos el interés en lo que nos hacía soñar a los dieciséis años (“voy a tener la colección completa de los cómics de Batman”). Esto es sencillamente que lo que nos parece importante va cambiando conforme crecemos.

Otros más no los podemos cumplir porque sencillamente son imposibles (“voy a ser un receptor abierto de los 49 de San Francisco”). Y me parece importante el hecho de que, para mí, sencillamente admitir la realidad es una parte fundamental de madurar; no es cierto que podemos lograr “lo que sea” nada más esforzándonos y echándole ganas. Pensar eso es tener la cabeza oculta en la arena, probablemente para evitar pensar en las responsabilidades reales e inmediatas que todos tenemos.

Pero hay todavía una tercera categoría de sueños; aquellos que realmente podrían ocurrir, pero que de hecho no ocurren porque dependen del consentimiento de una tercera persona (“…”). Por muchas y muy variadas razones dicho consentimiento nunca llega, y no hay absolutamente nada que uno pueda hacer al respecto.

Superar eso y seguir adelante con la vida de uno creo que es de las cosas necesarias para llevar una vida sana. Me parece que yo lo hice bastante bien, incluso si consideramos que (si me quiero poner dramático) esa situación me ocurrió relativamente seguido. Y sin duda alguna me ocurrió a los dieciséis años.

Hace unos días cumplí uno de esos sueños de mis dieciséis años, cuando hasta hacía unas semanas ni siquiera había pensado al respecto en casi veinte años.

Fue distinto a lo que había soñado (como suele ser con todos los sueños); pero de muchas maneras fue mucho mejor y mucho más intenso y mucho más divertido de lo que jamás hubiera podido imaginar. También fue aterrador e intimidante, y de manera paradójica y obvia un poquito triste. Y esperanzador.

No tengo que meditar acerca de si haber realizado este sueño cambiará mi vida; yo que (de forma muy sutil y linda) ya la cambió. Lo que no sé es si la cambiará de una manera fundamental.

Lo que sí sé es que no me molestaría. A mi vida no le haría mal atravesar por un cambio fundamental.

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Hasta luego, Barcelona

Dieciséis días después de haber iniciado mi viaje, me encuentro en el Prat esperando abordar mi vuelo de regreso a México vía Atlanta. Siendo como soy, y dado que es un vuelo trasatlántico, llegué tres horas antes del despegue, así que todavía falta para que empiece el abordaje; ya gasté los pocos euros que aún tenía sueltos, y supongo que empezaré a ver videos de YouTube para ver si puedo consumir lo que queda de datos en la tarjeta SIM que compré para mi estadía en Europa.

Fue un viaje… interesante por decir lo menos. También productivo; pero la verdad es que después de hacer viajes similares varias veces en mi vida, se ha vuelto hasta medio difícil que no resulte productivo un viaje de investigación. Ayuda con quien va a trabajar uno, por supuesto.

Dejo una vez más Barcelona, pero contrario a la última vez ahora no tengo ninguna incertidumbre; voy a regresar, y lo haré varias veces en mi vida. Si me salgo con la mía, estaré viniendo a Europa una vez al año; y si todo sale bien, es probable que en casi todas esas ocasiones me dé una vuelta por Barcelona. Aunque espero poder planearlo para junio o julio; no me gusta dejar mis cursos dos semanas.

Estoy molido, y lo entretenido del asunto es que voy a estar volando en total unas quince horas hoy, para mañana entrar a trabajar en caliente. Descansaré cuando me muera, supongo.

Pero a pesar del cansancio y que dejo Barcelona, estoy contento de volver a mi México lindo y querido. Por múltiples motivos; entre ellos, que después de estar comiendo jamón serrano e ibérico durante casi dos semanas, unos tacos de suadero suenan maravillosamente bien.

Nos vemos del otro lado del charco.

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Como local

Hoy presenté una versión extendida de mi plática de Salamanca en la UPC de Barcelona. Me fue mucho mejor que en el congreso, en gran medida porque el proyector sí funcionó (aunque hubo que cambiar de salón y de proyector… debo averiguar por qué a veces no funciona mi adaptador USB Type-C a VGA).

Cuando me presentaron, el coordinador del seminario donde hablé dijo que ahí por supuesto ya me conocían, que había ido a visitarlos varias veces como estudiante de doctorado, y que ahora regresaba como doctor y como profesor de la UNAM. Pero que dada mi historia con la institución, que yo básicamente era local ahí. 

Eso me tocó, porque nunca lo había visto de esa manera. Pero creo que tiene sentido. 

El trabajo ha sido medio pesado en Barcelona; excepto a un par de restaurantes y bares, no he podido pasear mucho. Pero ha sido muy satisfactorio.

Hoy cenaré en un lugar especial, que me recomendaron ampliamente, para celebrar mi plática. Y después me quedarán dos días en Barcelona. 

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Colonia

Estoy a punto de abordar mi avión de regreso a Barcelona, después de pasar alrededor de 48 horas en Colonia, Alemania. Fue mi primer visita a este país donde por omisión nadie le habla a uno en nada distinto a alemán (aunque todos fueron lo suficientemente amables en responderme en inglés cuando les hablaba en ese idioma); creo que me defendí bastante bien.

La ciudadcita está simpática (y la catedral es una obra de arte), pero como les dije a Fred y Anna el motivo del viaje era ponerme al día con ellos; todo lo demás era un bono extra. Hicimos varias cosas durante mi estancia aquí; pero todas y cada una de ellas quedaron completamente opacadas por Ida Maria Luise von Heymann, la hermosa hija de Fred y Anna a quien decidieron ponerle nombre de villana de película de James Bond. Es la niña más hermosa y feliz que he conocido de esa edad; y de hecho conviví con ella, cosa que no suelo hacer con niños chicos, probablemente porque mis amigos con hijos en México les da miedo que los vaya a romper.

Ida Maria Luisa von Heymann

Ida Maria Luisa von Heymann

Vuelvo ahora a Barcelona a hacer investigación durante una semana (y espero reponerme de tanto viaje), para finalmente regresar a México el próximo domingo. No ha sido el itinerario más demente que he seguido en mi vida (ese sería el del 2011), pero creo que sí es el segundo.

Como sea, ya no hay más zarandeos para mí; sólo mi trabajo “normal” en mi querida Barcelona.

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Barcelona

Hoy a las 8:30 (hora local) llegué en autobús a Barcelona. Técnicamente nunca había llegado por autobús, porque siempre he volado a la ciudad, aunque una vez entré manejando un carro rentado. Pero técnicamente siempre he llegado en autobús, porque del Prat usualmente tomo el Aerobús que lo avienta a uno a Plaza Cataluña. Como sea, nunca había llegado en un autobús que tardara once horas.

Todo lo de arriba es para explicar que llegué ligeramente madreado.

Ahorita estoy en el Prat esperando mi vuelo a Colonia, Alemania, donde veré a Fred y Anna y conoceré a su hija Ida. Me pasé el día desayunando, paseando, comiendo, y después perdiendo mi celular. Estaba tan madreado que dejé mi celular en el Aerobús, y no me di cuenta sino hasta que estaba cambiando terminales (porque también tuve que cambiar terminales… dos veces… larga historia).

Cuando cerca de 40 minutos después llegué al puesto de boletos del Aerobús, la linda muchacha a cargo estaba esperando con mi celular sin que yo hubiera tenido que hacer nada. Ahí mismo le pedí que se casara conmigo, pero me dijo riendo que sólo estaba haciendo su trabajo.

Fue tal vez el remate apropiado a un día que fue emocionalmente muy movido. La última vez que estuve en Barcelona fue en 2011, durante una estancia de investigación hacia el “final” de mi doctorado (entre comillas porque no tenía forma de saber que me tardaría otros tres años en doctorarme).

El día que dejé la ciudad hace cinco años, recuerdo muy claramente que no tenía ni puta idea de cómo iba a regresar a Barcelona; pero también estaba seguro de que lo haría (escribí al respecto aquí). Barcelona es una ciudad importante para mí; tal vez la más importante después de la Ciudad de México; regresar hoy, aunque fuera tan sólo por unas horas, fue paso significativo en mi vida. De entre todas las cosas que hecho mal, el volver a Barcelona de alguna manera determina que algunas (y ciertamente varias que me interesan demasiado) sí las he hecho bien.

Me voy dos días a ver a Fred y Anna, pero regresaré el lunes a pasar el resto de mi estadía en Europa en la ciudad que más quiero del viejo continente. Tendré oportunidad de disfrutarla con calma y de trabajar (que siempre que he estado en Barcelona, he estado trabajando).

Pero hoy volví después de cinco años. Y eso fue importante.

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Salamanca 

Salgo de Salamanca rumbo a Barcelona en estos momentos. Me gustó el pueblote; está bonito, la comida es espectacular (aunque es lo común en España), y está lleno de gente joven y hermosa. Además hice buenos amigos, lo cual siempre es un tesoro por sí mismo.

En casi cualquier otra ocasión hasta podría lamentar el irme… pero no esta vez.

Porque voy rumbo a Barcelona.

Elaboraré al respecto más adelante; por ahora voy a tratar de dormir lo más que pueda. Estoy agotado.

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Jamón y vino

Después de dos aviones, un autobús, y una parte en Charles de Gaulle que de verdad pareció salida del metro Pino Suárez un lunes a las 8:00 de la mañana, por fin llegué a Salamanca, donde la XVII Conferencia de la Asociación Española para la Inteligencia Artificial (CAEPIA 2016) se llevará a cabo y donde hablaré el jueves.

(Tengo que comentar la enorme estupidez que cometí al comprar una tarjeta SIM española para mi teléfono celular, pero eso lo dejaré para después.)

Llegué a Salamanca cerca de las 8:00 de la noche, con más ganas de tomar un baño que de cualquier otra cosa, así que cuando salí después de las nueve para ir a cenar, no tenía pensado hacer otra cosa (ni la energía para hacerlo).

Le pregunté a Google a dónde ir, y decidió por mí que Casa Paca era el lugar ideal; concuerdo con su decisión. Pedí una entrada de jamón ibérico de bellota, y le pedí al mesero su sugerencia para una media botella de vino tinto, y cuando probé el jamón y después tomé un sorbo de mi vino, por poco lloro del placer.

Como ya he comentado, regresar a España es importante para mí; incluso aunque nunca haya estado en Salmanca antes. Y creo que lo simboliza muy bien la cena que tuve hoy, con jamón y vino. Pero ahora me voy a ir a dormir, que mañana empieza el congreso.

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Dejando el gabacho

Estoy a punto de abordar mi avión rumbo a España (vía Francia), y dejar gringolandia. Tengo que regresar en unos días, porque mi avión de Barcelona pasará por Atlanta una vez más en su camino hacia la CDMX.

Bromeando con Eddie le dije que venía porque era posible que, a partir del año que viene, ya no pueda entrar si gana Trump. Yo me reí mucho, pero la mayor parte de los gringos que conocí están aterrados de que si quiera exista la posibilidad de que gane.

Fue muy chido ver a Eddie y ponernos al día. Él tiene su plaza en La Crosse, Wisconsin, un soporífero pueblito que (al ser la pasada la primera semana de clases) está repleto de bellísimas chavitas de 18 años, freshwomen en la Universidad; casi todas rubias, casi todas usando shortcitos todo el día.

No me quejo.

Ahora sí vuelvo a Europa, y en particular a España y Barcelona. En unos días escribiré por qué es importante para mí, pero en verdad me alegra.

Llegué varias horas antes de que mi vuelo despegue, así que busqué un lugar de hamburguesas gringas y chafas porque ha sido una tradición para mí siempre que como en un aeropuerto gringo; sin embargo no encontré, y me tuve que “conformar” con una hamburguesa fina acompañada de una copa de Malbec sorprendentemente buena.

Tampoco me quejo.

Esta es la primera vez que paso por el gabacho sin en ningún momento cambiar dinero o sacar efectivo de un ATM. En gran medida fue porque Eddie (siguiendo la tradición que tenemos al visitarnos) insistió en pagar casi absolutamente todo; pero las pocas cosas que yo compré (como mi hamburguesa y copa de vino), sencillamente usé mi tarjeta. Así que también será la primera vez que me vaya sin dólares que me sobran y que luego no sé qué hacer con ellos.

También fue la primera vez que no tuve mi celular en modo avión, ni que compré una tarjeta SIM (para menos de 3 días se me hizo demasiado); sencillamente usé mi SIM Telcel, incluyendo el uso de datos todo el tiempo. Telcel me envió un mensaje anunciándome alegremente que podía usar mi celular con las mismas tarifas que en México; por supuesto no les creo, pero mientras no me cobren de manera irracional (más del doble de lo que normalmente pago, por ejemplo), por mí está bien. De hecho hasta diría que fue buen servicio.

Así que me dispongo a dejar los Estados Unidos; como decía arriba, regresaré el mismo día que llegue a México, pero sólo estaré en Atlanta un par de horas hasta que salga mi vuelo a México.

Espero que ahí sí encuentre un Carl’s Jr.

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A España cinco años después

Una vez más estoy en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México esperando abordar mi vuelo. Tengo un congreso en Salamanca y una estancia de investigación en Barcelona; regreso el 25 de septiembre. Este fin de semana aprovecharé para visitar a mi cuate Eddie en Wisconsin, y el próximo a Fred y Anna en Colonia, Alemania.

Este viaje es significativo por varias razones, sobre las cuales elaboraré a lo largo del mismo; ahorita sólo comentaré que el proceso para planificarlo fue radicalmente distinto a mi viaje a Grecia el año pasado. Mientras a Atenas viajé de forma apresurada y ligeramente atolondrada, este viaje que empieza hoy lo planeé con bastante tiempo de anticipación, y con mucho más cuidado.

Ya tengo los boletos de avión y autobús de todas las paradas (el tren sencillamente no me convenía), mis hoteles reservados, mis cuates saben dónde y cuándo llegaré y ya planeamos casi todo, etc. También, para variar, llevo mi ponencia terminada (aún me falta afinar algunos detalles de uno de los programas que ejecutaré durante la presentación), y algunos contactos que me pasaron en Salamanca, donde nunca he estado.

Mi primer pasaporte expiraba en enero del año que viene, así que durante este viaje habría tenido menos de seis meses de vigencia, y resulta que así no se puede viajar. Lo renové, lo que causa que ande cargando mi nuevo pasaporte y el viejo invalidado, porque ahí va mi visa gringa. Ya que andaba en trámites renové mi credencial de elector, y tengo mi cita (hasta noviembre) para sacar mi cédula de doctor. También ya tengo mi título de doctor, lo cual es una historia para otro día.

Va a ser un viaje pesado, al menos al inicio; toco siete ciudades en dos continentes y tres países antes de regresar a México, pero la última semana estaré nada más en Barcelona, así que me dará tiempo de relajarme, espero.

Toda la planeación del viaje junto con el inicio de semestre en Ciencias causaron que estuviera bastante estresado estas últimas semanas, así que ahora que estoy por abordar el avión pienso sencillamente descansar y disfrutar el viaje.

Nos vemos del otro lado.

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Que veinte años no es nada

En agosto de 1996 comencé a tomar clases en la Facultad de Ciencias.

Me parece que había ido un par de veces antes a la misma; la primera vez a recoger mi tira de materias, y la segunda a la bienvenida y examen médico. Me parece, recalco, porque como ocurrió hace veinte años la verdad no recuerdo todo con certeza.

Como sea, en agosto comencé a ir diario a tomar clase y percatarme de que, aunque hacía mucho había notado que yo nunca era de los mejores en casi nada académico, en Ciencias se multiplicaba exponencialmente el asunto. Los primeros meses sí consistieron en básicamente comenzar a entender la magnitud de mi ignorancia y estupidez en un rango bastante amplio de temas.

En esos primeros meses del semestre 1997-1, hace veinte años, no sabía (no había forma de que pudiera saberlo) de que la Facultad de Ciencias iba a definir muchos aspectos de lo que me caracterizan hoy en día como persona. Mucho menos iba saber (aunque sin duda alguna lo comencé a desear casi de inmediato) que iba a terminar trabajando aquí como profesor de tiempo completo.

El mundo, el país, la Ciudad de México, la Universidad, la Facultad y yo mismo hemos cambiado radicalmente en estos veinte años. El PRI aún llevaba setenta años ininterrumpidos gobernando; todavía no podíamos elegir a nuestros gobernantes en el aún existente Distrito Federal; muchos no nos imaginábamos que un asalto a la gratuidad de la UNAM venía en marcha; el edificio del Tlahuizcalpan de la Facultad estaba en construcción (y así seguiría por toda mi estadía como estudiante en la carrera); y casi ningún estudiante contaba con teléfono celular (mucho menos laptop), y faltaba todavía mucho para que esos teléfonos celulares reprodujeran música y video y pudieran acceder datos en Internet casi en cualquier lugar. Era otro mundo.

Y sin embargo muchas cosas permanecen iguales, o casi sin cambios; los pasillos que a partir del lunes recorreré para impartir clases en el semestre 2017-1 son básicamente los mismos que recorrí hace veinte años en el semestre 1997-1 para tomar (en algunos casos) esas mismas clases. Los estudiantes, como cuerpo estudiantil, no han cambiado tanto realmente (aunque sin duda yo los veo cada vez más jóvenes). Y los profesores tampoco; sólo ahora varios de los que éramos estudiantes nos pasamos al lado oscuro.

Aún no es técnicamente cierto que he pasado más de la mitad de mi vida en la Facultad de Ciencias. Después de titularme trabajé varios años en la industria, y aunque durante una parte del posgrado estuve dando clases, también hubo periodos largos durante los cuales ni siquiera puse un pie en la Facultad. Pero es la institución con la que he estado asociado más tiempo en mi vida, por mucho; la UNAM también, por supuesto, pero mi permanencia en la UNAM es básicamente la Facultad de Ciencias y unos cuantos años salteados en distintas partes de la Universidad Nacional.

Todavía le tengo (y siempre le tendré) un gran cariño al CCH Sur, pero la verdad no afectó en mucho mi vida, y los recuerdos que tengo del mismo (por más agradables que sean muchos de ellos) cada vez pierden más el brillo y la claridad; hace años que no voy de visita. A su vez el posgrado siempre fue más bien como un escalón, un simple periodo de transición, y los últimos años del mismo ni siquiera estuve físicamente en la UNAM la mayor parte del tiempo.

En cambio la Facultad de Ciencias, de una forma u otra, siempre estuvo ahí, y varios de los momentos que viví (que, como digo arriba, me definieron) los recuerdo con una claridad y nitidez asombrosa. Tal vez por el simple hecho de que sigo recorriendo esos mismos pasillos y salones.

Por estos días (no recuerdo la fecha exacta) se cumplen veinte años de que comencé a tomar clases en la Facultad de Ciencias. Espero al menos poder pasar otros veinte siendo profesor aquí.

Y creo que no me molesta la idea de pasar otros cuarenta.

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Otra vez, 450 mililitros de sangre

Una vez más, de nuevo, otra vez, doné sangre.

Ha llegado el punto en que donar sangre se ha vuelto una de las cosas que sencillamente hago. ¿Qué hace Canek? Da clases, programa y dona sangre porque nunca le dio hepatitis.

Como soy O negativo, eso me convierte en donador universal; alrededor del 7% de la población lo es. Supongo que es de las pocas cosas que inequívocamente puedo decir que me hacen “especial”. Claro que tiene la desventaja de que, si algún día necesito una transfusión, sólo puedo recibir el tipo O negativo; así que espero que no me pase nada que requiera una transfusión.

Creo que no está haciendo mucho sentido lo que escribo. Tal vez debería dejar de tratar de escribir cada vez que dono sangre.

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Al maestro con cariño

La semana pasada califiqué y cerré los grupos que impartí el semestre anterior. Que un grupo se “cierre” quiere decir que, después de poner las calificaciones, el profesor decide que ya no hará modificaciones y que el listado puede irse a la Dirección General de Administración Escolar (DGAE); la semana que entra firmaré (electrónicamente) las actas de ambos grupos, y una vez hecho eso definitivamente ya no habrá forma de que afecte a ninguno de los que fueron mis alumnos (a menos que vuelvan a inscribirse conmigo en otro curso, claro está).

Sin embargo en los hechos jamás he modificado una calificación después de cerrar un grupo y antes de firmar las actas, así que consideraré que en este instante no tengo relación académica formal con ningún estudiante, porque me siento más cómodo escribiendo de lo que quiero escribir si así es el caso, y he esperado literalmente años para poder hacerlo. Mañana empieza el propedéutico de la carrera de Ciencias de la Computación, y en dos semanas empiezan los cursos propiamente, y entonces tendría que esperar otros seis meses (en enero) a estar en una situación similar.

Como menciono arriba, he esperado años para escribir de esto, porque el hecho específico que me motivó a hacerlo ocurrió hace años, y justo quería dejar que transcurriera un tiempo significativo antes de plasmarlo en el blog (para evitar que ni siquiera se pudiera intuir a qué estudiantes me estaba refiriendo). Entonces sí quiero dejar claro que lo que me inspiró para escribir esta entrada no tiene necesariamente nada que ver con ningún ex-estudiante mío del semestre pasado, ni el anterior a ese, ni el anterior al anterior, etcétera por varios años. Dicho sea eso, mucho de lo que voy a relatar se repite casi sin falla en la mayor parte de los semestres, y probablemente continúe repitiéndose hasta que deje de dar clases en el ocaso de mi vida.

Desde que empecé a impartir clases como profesor en 2005, en casi todos los cursos que me han tocado, existe una muchacha en el grupo que se enamora de mí. A veces más de una (y a veces también muchachos, por supuesto, pero la verdad eso nunca ha sido problema para mí).

Me encantaría poder decir que esto ocurre porque soy guapo, inteligente, simpático y en pocas palabras irresistible… pero no puedo porque sencillamente es falso. Quiero decir, no soy Quasimodo ni retrasado mental (aunque sí soy bastante insoportable); pero estas muchachas que se enamoran de mí, realmente no se enamoran de ; yo como ser humano no tengo casi nada que ver en el asunto.

Se enamoran del profesor. Y (desafortunadamente para mi ego) la diferencia sí importa.

Me parece que esto le ocurre básicamente a todos los profesores universitarios en el mundo, hombres y mujeres; aunque por razones culturales es más pronunciado que sea una muchacha la que se enamore de un profesor. La inversión de géneros sin duda alguna también ocurre (oh, yo lo sé muy bien), pero sí es una situación más atenuada. Las estudiantes de por sí ven al profesor como una figura de autoridad, alguien a quien admirar, y que estos sentimientos de admiración crezcan o se transformen en algo más profundo es perfectamente natural.

Ahora, siendo profesor nunca he andado con una alumna mía, ni lo haré: en lo personal me parece éticamente cuestionable (aunque hay un montón de profesores que no tienen ningún problema en coquetear y andar con sus alumnas). Entonces trato de mantener mi distancia con mis estudiantes, al grado de a veces parecer excesivamente seco, y creo que me ha funcionado bastante bien; pero la verdad es que en la mayor parte de los casos es bastante sencillo. La enorme mayoría de las muchachas que se llegan a enamorar de mí mientras les doy clases no hacen nada al respecto, excepto tal vez echarme ojitos pizpiretos y de vez en cuando suspirar profundamente. Con estas muchachas no tengo nada de qué preocuparme normalmente.

De vez en cuando aparece una estudiante que sí intenta hacer algo más para llamar mi atención, pero hago énfasis en que suelo impartir cursos en el primer año de la carrera; entonces estamos hablando de muchachas menores a veinte años. Para mi fortuna, a esa edad casi todos los seres humanos son increíblemente torpes para coquetear (y para casi todo lo demás), entonces tampoco me preocupo demasiado.

Lo difícil, y que por suerte ocurre muy raramente, es cuando una muchacha de 18 años bonita, simpática e inteligente se enamora de mí, y además resulta que es bastante hábil para coquetear (que fue el hecho que me inspiró a escribir esto). No porque yo vaya a “caer” en la tentación; confío plenamente en mi capacidad de, en el peor de los casos, ponerme firme y rechazarla de manera tajante.

Pero que sea capaz de hacerlo no quiere decir que sea fácil, ni que una parte de mi cerebro no se diga “maldita sea, ¿por qué no tengo quince años menos?”

Las primeras veces que una estudiante se enamoró de mí sí me sacó mucho de onda; a estas alturas ya es parte de la rutina de dar clases. Es simpático y algo tierno, y de hecho puedo utilizarlo para motivarme a dar mejores cursos y ser mejor profesor. Pero cuando es una muchacha con la que, si no fuera mi estudiante y yo fuera al menos diez años menor, sí pudiera visualizarme andando con ella, es cuando se pone difícil la situación.

Por suerte, repito, ocurre muy raramente. Pero cuando ocurre, generalmente lo noto a la tercera o cuarta semana de clases; entro al salón, comienzo mi clase, y está enfrente mío una muchacha, arreglada primorosamente, y mirándome fija y lascivamente.

Y yo sólo puedo suspirar dentro de mi cabeza y decirme “rayos, va a ser uno de esos semestres”.

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Treinta y nueve

Hoy cumplí treinta y nueve años. Lo cual significa, por supuesto, que comienzo el último año de mi vida en los treintas.

Y me encanta la idea.

Jamás he mirado hacia el pasado con nostalgia y deseando poder volver a él; en general en todos los momentos de mi vida me he sentido que me la estoy pasando muy bien, e incluso cuando de hecho me la estoy pasando mal (que nunca es mal mal de verdad; soy inmensamente privilegiado), nunca he sentido “quiero volver a como eran las cosas”, siempre ha sido más bien “quiero que este mal periodo termine”. Siempre quiero llegar al siguiente nivel.

Aunado al hecho de ser un optimista empedernido, estoy convencido de que mis cuarentas serán espectaculares, y no sé por qué desde hace años tengo la sensación de que mis cincuentas serán la mejor década de mi vida. Así que no temo ni me preocupa el futuro; todo lo contrario, lo abrazo con gusto y disfruto cada momento que me toca vivir en esta maravillosa si bien perfectamente ordinaria vida que me he formado y me ha tocado.

El año pasado fue increíble para mí; ha sido el periodo más productivo y satisfactorio de mi vida profesional (tanto dentro como fuera de la academia), adquirí varias cosas materiales sin las cuales podría vivir sin ningún problema pero que qué chido es tener (por fin mi compré mi PlayStation 4, si bien no tengo idea de cuándo podré jugarlo con calma), y también fue un año donde (por razones que no he publicado en el blog) me parece que crecí mucho como persona y descubrí muchas cosas de mí que de alguna manera siempre había sabido, pero que nunca había sido realmente consciente de ellas. La mayor parte buenas; pero incluso descubrir las malas fue algo positivo, porque me ha permitido trabajar en ellas.

No puedo dejar de mencionar que estoy perfectamente consciente de que, por más que en general lo haya estado disfrutando, este año de mi vida fue enormemente solitario y que ya llevo, tal vez, demasiado tiempo solo. Pero lo cierto es que me ha permitido tener tiempo (y dinero, no nos olvidemos del dinero) para mí, concentrarme en mi vida académica y profesional, y por último (pero no menos importante) estar cómodo y contento yo solito conmigo mismo sin nadie más. Creo que mi año 38 fue el año de mi vida donde mejor me sentí conmigo mismo, y sin ninguna angustia de sentir que tenía que salir y buscar a alguien nada más para no estar solo. Por experiencia propia y ajena, creo que sentirse angustiado de estar solo es la peor razón para comenzar una relación seria.

Contrario a años anteriores, tengo bastante certeza de qué ocurrirá con mi vida en mi último año de los treinta… al menos profesionalmente; me obligan a escribir un plan de trabajo anual, así que tengo que pensar en eso con anticipación. En el aspecto personal, la verdad no sé… pero ¿quién lo sabe?

Y eso es lo que lo hace divertido.

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Un año con el alma vendida al diablo

He tenido una carga de trabajo tan brutal que, entre otras cosas, se me pasó conmemorar un año de que compré mi querido Mini Cooper.

Básicamente me gustaría enumerar las desventajas y ventajas que le he visto a tener un Mini Cooper este año, en comparación con el Tsurito que utilicé durante más de diez años. Así que primero las desventajas:

  • Si le pasa cualquier cosa, las refacciones pueden ser una pesadilla, porque en muchos casos las traen de Alemania…
  • …y sale carísima la reparación.
  • El consumo de gasolina es como siete veces el del Tsurito.
  • Mientras que mi Tsurito a veces me bajaba de él mientras se seguía moviendo, y nada más le decía: “ahí te cuidas”, mi Mini Cooper me genera cierta angustia cada vez que lo estaciono. A estas alturas lo he dejado en valet parking unas cuatro o cinco veces, porque trato de evitarlo.
  • No puedo pasarle corriente (porque puedo quemar la computadora interna, o al menos eso me dijeron), y no trae llanta de repuesto (trae de estas llantas especiales que se supone uno puede seguirlas usando ponchadas), así que las únicas dos cosas que sabía hacerle a un carro (pasarle corriente y cambiarle una llanta), no las puedo hacer con mi Mini Cooper.
  • Más de dos personas no pueden viajar cómodamente en él.

Y las ventajas:

  • Es tan bonito, que a veces nada más de verlo me sube el humor.
  • Mientras otros carros tratan de tener una faz agresiva, la del Mini Cooper es como la cara de un chavo que su mamá lo acaba de descubrir masturbándose.
  • Todo el mundo parece estar de acuerdo de que yo me veo muy bien con mi Mini Cooper.
  • A todo el mundo le gusta, y las chavas no son excepción.
  • Manejarlo (con transmisión manual) es un placer casi orgásmico; especialmente en autopista.
  • Para una o dos personas, es casi lascivamente cómodo.
  • Mi celular se conecta automáticamente por Bluetooth, y saca de ahí la música.
  • ¿Ya mencioné lo bonito que está?

A un año de haber adquirido mi querido Mini, no me arrepiento en lo más mínimo de haberlo comprado. No voy a cambiar de carro en años (espero; al parecer este modelo salió bastante duradero), y cuando lo haga no sé si vuelva a comprar Mini. Pero la verdad lo he disfrutado enormemente, y espero poder seguir haciéndolo varios años más.

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